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Archive for the ‘Reflexiones’ Category

Y no pasa nada

Y se dió cuenta de que la vida no era eso, la vida es caer y levantarse, y volverse a caer y volver a levantarse; la vida es alegrarte los viernes y joderte los lunes, y abrazarte a quien te abrace y a quien no te abrace pues no te abrazas y punto, y no pasa nada.

La gran vida (2000)

Por mucho que pretendamos que no pasa nada, pasa. Y lo sabes. Puedes engañarte, puedes fingir que no importa, pero sabes que no es cierto. También es lógico. ¿Por qué no debería pasar nada? Es justo que pase. Nos merecemos que todo esto nos importe. Porque nos importa la situación, nos importan las personas (unas cada vez menos que otras) y nos importamos. Otra cosa distinta es que importemos a las persona que nos importan, pero no podemos obligar a nadie a que le importemos, ¿no? Lo único que podemos hacer es aguantar con lo que haya. Es muy fácil. Abraza a quien te abraza, y si no te quieren abrazar, pues tampoco pasa nada, ¿no? ¡No habrá personas en el mundo para abrazar! Pero desde luego, tampoco me parece justo que formemos parte de algo que ni siquiera sabemos si existe. ¿ Para qué? A lo mejor deberíamos preguntarles si quieren abrazarnos. Y si no les importa. O si les importamos. O todo a la vez. ¿Les importamos? ¿No les importamos? Yo espero que sí. Aunque sólo sea por todo lo anterior, todo lo que hay detrás. De todos modos, tampoco es justo tener que aguantar esta eterna sensación de estar completamente fuera de algo que nos roza, pero no nos llega a tocar del todo. Si existe solución quiero encontrarla. Quiero que la encontremos. Quiero encontrarla contigo. Me importas, quiero abrazarte. Y se que tu a mi también.

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Era de ese tipo de personas que a todo el mundo le gustaría conocer. Era de esos tipos tan absolutamente inteligentes, que terminan olvidando lo que les rodea. O lo que es lo mismo: era una persona capaz de transcender de sí misma y de contemplar el mundo desde arriba, como si este mundo tan terrenal, tan humano, no fuese con él. Era tan inteligente que ni siquiera elevaba la voz cuando daba su opinión, no le gustaba destacar ni llamar la atención. Cuando se casó, la afortunada era de lo más corriente: con una licenciatura debajo del brazo que su trabajo le costó conseguir y una belleza para nada recalcable. Pero se enamoraron. Ella, porque parte de su amor estaba compuesto de una admiración nada insignificante por su marido; él porque veía en ella esa simplicidad del mundo que a veces, inevitablemente, necesitaba. Él, siempre absorto en sus pensamientos, perdía su cartera, al menos, una vez al mes. Por eso, cuando al entrar en casa decía “cariño, he perdido…”, ella ya sabía lo que se le venía encima: otra vez renovar las tarjetas de crédito, el carnet de identidad, el de conducir…Si por él fuera no llevaría nada nunca encima. Si lo hacía, era porque era imposible vivir de otro modo mucho más despreocupado. Aunque solo fuera por no ir indocumentado. Ella lo sabía, y al final se había acabado convirtiendo en una tradición que cada vez la encrispaba menos y le hacía reir más. Pero él no podía evitar dejar la cartera en cualquier lugar, ni siquiera recordaba dónde podría estar, pues de todos los sitios a los que había eso mañana, no le parecía que pudiese estar en ninguno.

Pero si algo relucía por encima de sus cualidades, era su humor. Humor inteligente. Ese del que muchas personas huyen porque se les escapa o porque no saben ver más allá. Un humor diferente al que los acompañantes estaban acostumbrados. Quizás era diferente porque, cuando alguien no cogía alguna de sus bromas, terminaba soltando algo todavía peor que el hecho de no haber cogido el chiste, y las risas se multiplicaban en ese preciso instante.

Porque sin duda, cuando mejor uno disfrutaba de su compañía, era durante las comidas o las cenas, en las que siempre tenía algún comentario que hacer. Además, siempre se habituaba a los comensales o acompañantes de ese momento. Si veía que su nivel de conversación no era alcanzado por los demás, reducía el nivel hasta que todos participaban. Pero no hay que confundir: no era un acto de soberbia o solidaridad para con los demás, simplemente era un acto reflejo. Pues si algo es destacable por muchos inteligentes, es que ni siquiera saben darse cuenta de que están por encima de la media. Simplemente, les da igual, no se preocupan. Mucho más llamativo es aquel que apenas sabe pero eleva la voz para conseguir la razón, que aquel que sabe tanto que ni siquiera necesita que nadie apruebe sus intervenciones.

Era de esas personas que cuando las conoces, no puedes evitar recordar o tener presente Porque además, y esto es lo más importante, era de esas personas, que sin querer, pueden mostrarte un verdadero manual para la vida en sus conversaciones.

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Pensamos que nada era real,
todo era intenso,
que el mundo no giraría más,
que era nuestro.

Y si quiero saber que no es verdad
Ya no puedo saber si tú no estás.
Y si quiero saber que estás aquí,
ya no puedo…

El embargo de neuronas menguantes | Lori Meyers

Ayer me di cuenta de una cosa, que si bien ya había tenido presente, no me había asaltado con tanta intesidad como ayer. Ayer supe, no por ciencia infusa, sino porque se trata solamente de un hecho objetivo, por todo el mundo comprobable, que voy a perderte. Poco importa ya si aún queda solución, si este vestido puede ser remendado, o si por el contrario, como yo creo que sucederá, se quedará solamente para limpiar las ventanas de una casa semi en ruinas. Una casa que cuando la construimos no contábamos con que se vendría abajo, una casa sólida, consistente, pero que al tiempo nos demostró que hay ciertas…digamos circunstancias naturales, que semejante casa no puede soportar. Y como no podría ser de otra manera se derrumbará. Sin contemplaciones, sin posibilidad de volver a cimentar donde ni siquiera se si queremos que haya cemento. Se vendrá abajo. Ayer me di cuenta. Lo sabía pero ayer lo noté, se respiraba en el ambiente. No es momento aún de despedidas, sólo es un aviso, una advertencia, un “warning” sobre la puerta de nuestra casa. Esto, irremediablemente se vendrá abajo. ¿Queremos que no se derrumbe? Creo que ni siquiera lo sabemos. De todos modos, lo peor no es eso. Lo peor es que queramos o no, la casa desaparecerá entre las cenizas. Porque por mucho que el tiempo cure las heridas, no hemos dejado siquiera que cicatricen y el tiempo no puede cargar con una responsabilidad que solo nos concierne a las partes implicadas. Y porque 365 días son muchos días para volver a donde empezamos.No estoy diciendo adiós, pero tampoco es un “hasta luego”, ni “hasta pronto si nos vemos”. Llámalo si quieres despedida anticipada, llámalo como quieras, porque en el fondo esa no es la cuestión, el nombre que le des es lo de menos. Lo importante es que ayer me di cuenta de que voy a perderte, de que vamos a perdernos. Y éste es un hecho objetivo, por todo el mundo comprobable.

Por eso, me despido anticipadamente, para que este final no me pille por sorpresa. Ni a ti tampoco. Aunque no lo hará, ¿verdad?

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Kitchen fobia

A veces les cuesta ponerse de acuerdo con el menú.
Ella no puede saber si le gustan las patatas con bechamel que él dice que le va a preparar porque sabe que es su plato favorito.
Ella tampoco está segura de querer comerlas por si no le gustan y entonces echará a perder todo el interés y el tiempo que él ha dedicado  a las patatas.
Él quiere prepararlas porque está convencido de que a ella van a gustarle.
Ella las probará. Ya sabe lo bien que cocina…

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Es extraordinariamente extraña la sensación de tener una cierta obsesión por cada paso que das, intentando recordar si los pasos que diste anteriormente en iguales situaciones fueron los mismos, o al menos bastante parecidos. Como si la modificación de cada paso, se tornara ahora en una consecución de hechos que solamente pueden afectar negativamente a los objetivos que te has marcado.
Extraordinaria y frustrante. Calcular cada paso en función del análogo unos meses antes, o el año anterior. Porque esto se repite dos veces al año y prácticamente en el mismo sentido. Calcular los pasos, tratar de determinar las posibilidades de error y buscar soluciones rápidas y (esperemos que) eficaces.

Frustrante y angustioso saber que la felicidad que por una parte te viene, te repercute negativamente en otro lugar. Como si la felicidad encontrase su contrario justo en aquello que debería ser al menos, igual de importante. Como si de una balanza se tratase y se tuviese que estar permanentemente midiendo cada cosa que se añade a la misma con el fin de que se no desequilibre lo más mínimo.

Angustioso pero gratificante cuando consigues mantener el equilibrio, cuando consigues los objetivos sin alterar demasiado el resto de elementos de tu vida que son nuevos, que llegaron hacen relativamente poco tiempo pero que han destruído más castillos de arena de los que se pueda esperar de una situación que es inevitable que pase.

Gratificante y agradable es pelear por aquello que se quiere, pelear por conseguir un objetivo final mucho mayor, por un objetivo que es demasiado importante por ti, que te roba hasta el sueño.

Y agradable e increíble es contar contigo para que me ayudes a equilibrar la balanza.

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traición.

(Del lat. traditĭo, -ōnis).

1. f. Falta que se comete quebrantando la fidelidad o lealtad que se debe guardar o tener.

Para la RAE, quebrantar la fidelidad o lealtad que debe guardar o tener…
La fidelidad que debe guardar, que debe tener…
Tanto se habla de la fidelidad en estos días que corren llenos de traiciones, que a nadie parece importarle la fidelidad que se debe sobretodo a sí mismo. Porque es lo que nos queda siempre, porque es lo que tenemos, lo que no se va a ir, lo único que es inalterable.
Podrán traicionarnos mil veces y otras mil veces podremos (o no) perdonarlas, podrán jugar con la fidelidad a su antojo, podrán hacernos daño de las maneras más insospechadas. Pero aún así, nunca será comparable con la traición que podemos hacernos a nosotros mismos si no nos guardamos la fidelidad que merecemos.
Traicionarse a uno mismo, engañarse. Jugar con los sentimientos, hacernos creer que pensamos, que creemos en algo, cuando en lo más profundo de nosotros sabemos que no es así.
Traicionarse a uno mismo, olvidarse. Dejarse llevar por las situaciones hasta que ya ni siquiera nos sintamos parte de lo que éramos. Dejarse llevar (que siempre suena demasiado bien) sin pararse a pensar la parte que se está perdiendo, que se está cediendo…
Traicionarse a uno mismo, dividirse. Perder la esencia de uno mismo, dividirse en tantas partes que la reconstrucción sea si no imposible, extremadamente difícil.
Traicionarse a uno mismo, olvidar la lucha. Olvidar todo lo peleado, lo vivido, lo ganado en tantas y tantas batallas. Los logros, lo conseguido, el esfuerzo que se puso y que ahora apenas se quiere valorar.
Traicionarse a uno mismo, bailar a otro son distinto al tuyo, bailar otro agua, bailar otros ritmos, otras canciones, moverse al compás de otras notas.
Traicionarse a uno mismo, darse. Darlo todo aunque exista esa posibilidad de quedarse sin nada. Darse sin medida, sin dudas, sin excusas.
Traicionarse a uno mismo, cambiar prioridades. Cambiar los horarios, descolocar lo ordenado, morder los días, arañar las horas, olvidar el sueño. Evitar movimientos, sentir necesidades que antes no tenías. Ceder demasiado, dar explicaciones, convencer de que se está actuando bien.
Traicionarse a uno mismo, conseguir engañarse a uno mismo. Convencerse de que se hace lo correcto, de que todo puede salir bien así. Engañarse, perder la fidelidad que uno mismo se merece.

Traicionarse a uno mismo, enamorarse.

Me defiendo como gato panza arriba
sin llegar a distinguir a mi enemigo,
y me enredo con los hilos de tu vida
y me enfrento a un inventario de castillos.

A veces se me olvida | Quique González.

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Somos pasajeros de la vida
pero como bien dijo el sabio Pessoa
“viven en nosotros innumerables otros”
por eso compartimos el mismo tren
igual destino / paisajes inmutables

tenemos algo nuevo /muchísimo de viejo
vamos de cosa en cosa /descubriéndolas
de realidad en realidad / sabiéndolas irreales.

Pasajeros, Mario Benedetti.

Oportuno no, lo siguiente.

Noventa y nueve palabras para dieciocho días o dieciocho días en noventa y nueve palabras.
Da lo mismo que lo mismo da.

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