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Archive for the ‘Libros’ Category

Confianza

Mientras haya
alguna ventana abierta,
ojos que vuelven del sueño,
otra mañana que empieza.

Mar con olas trajineras
—mientras haya—
trajinantes de alegrías,
llevándolas y trayéndolas.

Lino para la hilandera,
árboles que se aventuren,
—mientras haya—
y viento para la vela.

Jazmín, clavel, azucena,
donde están, y donde no
en los nombres que los mientan.

Mientras haya
sombras que la sombra niegan,
pruebas de luz, de que es luz
todo el mundo, menos ellas.

Agua como se la quiera
—mientras haya—
voluble por el arroyo,
fidelísima en la alberca.

Tanta fronda en la sauceda,
tanto pájaro en las ramas
—mientras haya—
tanto canto en la oropéndola.

Un mediodía que acepta
serenamente su sino
que la tarde le revela.

Mientras haya
quien entienda la hoja seca,
falsa elegía, preludio
distante a la primavera.

Colores que a sus ausencias
—mientras haya—
siguiendo a la luz se marchan
y siguiéndola regresan.

Diosas que pasan ligeras
pero se dejan un alma
—mientras haya—
señalada con sus huellas.

Memoria que le convenza
a esta tarde que se muere
de que nunca estará muerta.

Mientras haya
trasluces en la tiniebla,
claridades en secreto,
noches que lo son apenas.

Susurros de estrella a estrella
—mientras haya—
Casiopea que pregunta
y Cisne que la contesta.

Tantas palabras que esperan,
invenciones, clareando
—mientras haya—
amanecer de poema.

Mientras haya
lo que hubo ayer, lo que hay hoy,
lo que venga.

Baltimore, 1942 – Puerto Rico, 1944.

Confianza | Pedro Salinas

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Paul Auster y el desconcierto

Por favor, dice el señor Goines, con voz un tanto desdeñosa, no lo vuelvas a hacer. Si un libro se coloca donde no le corresponde, puede estar perdido durante veinte años o más. Quizás para siempre.
Es un asunto de poca importancia, quizás, pero te sientes humillado por tu negligencia. No es que los dos libros en cuestión fueran a perderse (se encontraban en el mismo estante, al fin y al cabo, a sólo unos centímetros uno de otro), pero entiendes lo que el señor Goines trata de decir, y aunque te irrita el tono condescendiente que adopta contigo, te disculpas y prometes prestar más atención en el futuro. Piensas: ¡Veinte años! ¡Para siempre! Esa idea te deja pasmado. Pon algo donde no le corresponde, y aunque siga estando ahí -prácticamente delante de tus narices- puede desaparecer hasta el fin de los tiempos.

Invisible | Paul Auster

Desconcertante. La lectura de cualquier libro de Auster nunca puede dejar indiferente. Nunca lo hace. No entiendo nada, me dijo mi hermano después de leerse Trilogía de Nueva York. A mi me pareció sencillamente fantástico. Y eso, a pesar de haberme quedado pensando un largo tiempo qué era lo que Auster pretendía decirnos con todo eso. Y lo mismo me pasó con Brooklyn Follies y con Un hombre en la oscuridad. Simplemente te atrapa. Te absorbe. No es lo que dice, es lo que no te cuenta, lo que deja a escondidas. Es la falta de respuestas a las preguntas que sin querer te vienen a la cabeza. Porque son muchas. ¿Qué hace ahí? ¿Por qué va? ¿Quién es la mujer? ¿ Y el hombre? ¿Quién miente? ¿Quién dice la verdad? Juega con el bien y el mal, con la conciencia y la moral. Hace que te plantees cual es tu opinión sobre ciertas situaciones de la vida. Hace que cambies de opinión, que lo que te parecía mal de repente no es tan horrible y al revés. Juega contigo como lo hace con los personajes de la novela. Y claro, te dejas llevar.

En Invisible consigue desconcertarme del todo. Una historia que parece tener solamente un prisma desde el cual puede ser observada, comienza a dar vueltas en círculos de tal manera que lo que pensabas en un principio, ahora carece de sentido. Hay otra versión, otros hechos, alguna contradicción. Ya no eres capaz de valorar quién tiene la razón y quién no. No hay pruebas. Solamente tú, tu imaginación y tu manera de ver la vida son las únicas que pueden ayudarte a desenmascarar el enigma que Auster te deja a lo largo de la novela. Y aquí viene lo mejor: no solamente durante la novela, sino también después. De hecho, no se si a alguien más le ha pasado, pero cuando uno lee un libro, el desenlace aparece unas cuantas páginas antes del final, la historia se ha terminado de desenredar, está terminando y lo sabes. No solamente porque cada vez quedan menos páginas, sino porque ya no hay ningún cabo que deba ser atado. Asunto resuelto, fin de las páginas y se acabó. Con Auster nunca me ha pasado esto. Conforme pasan las páginas, voy viendo que la historia va a acabar. Pero mientras leo todo está enredado y temo que no se desenredará en lo que me queda de lectura. Y siempre es así. El libro se acaba, pero todo el desastre, la historia, el misterio, la inquietud, permanecen. No se han desvanecido con el fin de la historia, sino todo lo contrario: se aviva la necesidad de respuestas. Pero no hay más páginas, no hay más historia. Y ante la perspectiva de no lograr más respuestas, cierras el libro. Otra vez te ha enganchado, te ha atrapado. Y solamente puedes desear que más pronto que tarde, otro libro de Auster caiga en tus manos.

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Como estrellas de Broadway habíamos recorrido un largo camino desde que éramos niños y vivíamos en Nueva York. En aquel entonces habíamos pasado momentos maravillosos, o por lo menos así nos lo parecía retrospectivamente. Habíamos sido pobres y no nos molestaron criadas o niñeras. Mi madre hacía el trabajo de la casa y nosotros salíamos a la calle y jugábamos hasta que teníamos hambre. Si uno de nosotros era atropellado por un coche, mala suerte. No se podía esperar que una mujer cuidara de una casa y no apartara la vista de cinco muchachos al mismo tiempo.
Como te he contado antes, solíamos jugar a los jeugos habituales en cualquier calle. Supongo que eso puede aplicarse a cualquier barrio, pero en nuestra calle había un niño llamado Leonard Dobbin que supera a los demás en todos los aspectos. Su superioridad no se limitaba sólo a los juegos violentos. También era el mejor en los juegos de palabras y en los demás entretenimientos intelectuales que practican los niños. Además de esto, tenía muy buena apariencia y conquistaba a la mayoría de las chicas que merecían ser conquistadas.
Leonard siempre había dicho que cuando se graduara en la escuela superior iría a la universidad para estudiar leyes. Todos estábamos convencidos de que, con sus cualidades, era inevitable que un día se sentara en alguno de los más altos tribunales del país.
No volví a verle hasta que actúabamos en Los cuatro cocos, veinte años más tarde. Una noche, mientras estaba en mi camerino quitándome el bigote postizo y el resto del maquillaje, el portero del escenario me entregó una tarjeta. Llevaba escrito: “Leonard Dobbin. Abogado”.
Hice entrar a Leonard. De niño habíamos sido compañeros y me alegré de verlo. Tenía aspecto de lo que era, un joven abogado.
-He estado en primera fila, Julius, y te he visto trabajar -dijo Leonard.
En el mundo teatral, una entrada como ésta es por lo general seguida por “has estado maravilloso” , o “me lo he pasado en grande”, o “tú y tus hermanos me habéis hecho reir de verdad”. Incluso si hubiese dicho “el espectáculo ha sido horrible y tú has estado fatal”, no me hubiese importado demasiado, pero se limitó a permanecer allí, mirándome con cierto aire de lástima. Yo estaba fatigado y me ahogaba de calor, como la mayoría de los actores cuando el telón cae por última vez, y su actitud me molestó. No pude resistir por más tiempo y le pregunté:
-Bueno, Leonard, ¿qué te ha parecido la revista?
Chascó varias veces la lengua y siguió mirándome. En realidad no me miraba a mí, sino que miraba a través de mí. Como seguía sin responder, no consideré que valiera la pena proseguir por aquel camino. Decidí probar otra vía de aproximación.
-Bueno, ¿cómo te trata el mundo? -pregunté.- ¿A qué te dedicas?
-¿No has leído mi tarjeta? Soy abogado -luego, enderezándose en toda su estatura añadió-: soy el socio más joven de una firma. gano cien doláres a la semana y se me ha insinuado que el año próximo ganaré ciento veinticinco.
En aquella época yo ganaba 2.000 dólares a la semana, pero no se lo dije. Estaba determinado a sacarle alguna opinión sobre la revista.
-Leonard -insistí-, ¿no te ha hecho reir el espectáculo?
Finalmente se decidió a hablar.
-En realidad, Julius, me he reído mucho. En conjunto es muy gracioso, pero eso no es lo importante.
Ligeramente enojado, respondí:
-¡Para mí si lo es! Así es como me gano la vida.
Hubiese podido añadir: “Y además, muy bien”, pero estaba demasiado bien educado.
-Julius -dijo gravemente-, voy a hablarte con franqueza. De niños fuimos amigos y siempre te he tenido en mucha estima. Ahora voy a decírtelo con toda sinceridad. Esta noche he estado observándote. Tienes treinta y cinco años y en el escenario no haces más que tonterías. Te había visto en las variedades cuando tenías veinte años y entonces no me importó demasiado. Pero cuando veo a un sujeto de tu edad saltando por encima de los muebles, bailando como un loco, y lanzando frases irrespetuosas a los artistas, me duele. Tienes un magnífico cerebro. ¿Por qué no te dedicas a algo útil? No eres demasiado viejo. Aún podrías convertirte en negociante, en médico o tal vez incluso en abogado. ¿No sería eso mucho mejor que ofrecer un espectáculo para que se rían miles de desconocidos?
-Leonard -le dije-, no tienes ni idea de lo que tus palabras han representado para mí. Tan pronto como termine la temporada voy a seguir tu consejo. Dejar el teatro y buscar un empleo. ¡Si pudiera ganar cien dólares a la semana me parecería magnífico!
-Bueno -hizo una pausa reflexiva- …ya comprenderás que no se puede pretender empezar ganando cien dólares. Eso es mucho dinero, Julius, pero creo que tienes talento y detesto ver como lo desperdicias de esta manera. Piensa en ello.
-Estoy muy contento de que hayas venido a verme -le dije-. Esta pequeña conversación que hemos sostenido me ha inspirado muchas cosas.
Luego nos estreechamos las manos y el muy imbécil se marchó.

Transcurrieron dos años antes de que volviéramos a vernos. Entonces actuábamos en El conflicto de los Marx. Ganaba 3000 a la semana y acabábamos de firmar un contrato con la Paramount para hacer cinco películas por un millón y medio de dólares. Con el contrato cinematográfico y el sueldo de El conflicto de los Marx ganaba cerca de los siete mil dólares semanales. El conflicto de los Marx era un éxito mayor que Los cuatro cocos. Las entradas eran más caras y las recaudaciones mayores. Hacia el cuarto mes de exhibición, nuestro amigo el señor Dobbin apareció. El portero volvió a entregsrme su tarjeta. Esta vez estaba impresa en oro.
Cuando entró en mi camerino, intercambiamos los saludos corrientes y yo me quedé sentado, esperando de nuevo unas cuantas observaciones halagadoras. Hubiese debido conocerlo mejor.
-Bueno, Leonard -empecé-, ¿qué te ha parecdo el espectáculo?
(Esta vez había decidido ir directamente al grano.)
Me miró apesumbrado.
-Julius, me has decepcionado. Cuando nos separamos hace dos años, me llevé la impresión de que ibas a seguir mi consejo y abandonar el tearo, pero esta noche he estado en primera fila, observándote, y sigues haciendo las mismas tonterías y ridiculeces que hacías antes.
-Bueno, pero, ¿no son divertidas? -pregunté-. ¿no has oído cómo el público aullaba de risa?
-Sí, desde luego -admitió-. E incluso en uno o dos momentos yo mismo me he reido. Pero ahora tienes treinta y siete años. ¿No te sientes violento, a tu edad, al actuar como si estuvieses loco y mostrarte en público de esta manera?
Empezaba a sonar como un disco rayado.
-Leonard -dije-, olvidémoslo. -Inicié su tema favorito-. ¿Qué tal te van las cosas, ahora?
-Tengo noticias para ti -contestó resplandeciente-. No he obtenido aquel aumento de veinticinco dólares que esperaba. En cambio, me han aumentado cincuenta dólares.Y no pasará mucho tiempo antes de que gane doscientos dólares a la semana. ¡Imagínate! A mi edad y ganar doscientos semanales.
Siendo un hombre considerado, no tuve corazón para mencionar los 6.000 dólares a la semana que ganaba yo. Permanecí sentado y le dejé explayarse. Excepto por unas cuantas frases todavía más ampulosas, me repitió el mismo sermón que dos años atrás.
Cuando por fin se le acabó la cuerda, le dije:
-Leonard, ¡me has convencido! Esta es mi despedida del teatro. Un sujeto que a tu edad puede ganar ciento cincuenta dólares semanales me hace comprender mi locura. Eres un ejemploresplandeciente de la joven América en pleno progreso, y El conflicto de los Marx será mi canto del cisne en el teatro.
No volvía  ver a Leonard durante diez años. Por entonces nuestras películas se proyectaban en todo el mundo, tenía dinero en tres bancos distintos y poseía un agrigo de vicuña y dos Cadillacs.
Era el Domingo de Pascua en la Quinta Avenida. Leonard Dobbin llevaba un sombrero flexible, un traje oscuro y ajustado y un bastón, e iba acompañado por una mujer de aspecto extremadamente deseado y por dos chavales con aire infeliz. Intercambiamos saludos. Luego, con su tacto acostumbrado, empezó de neuvo el sermón.
-Me has defraudado por completo, Julius. Me dijiste que ibas a abandonar la escena.
Sonreí cortésmente.
-Y así lo hice, Leonard. Ahora trabajo en las películas.
-Bueno -me contestó con un encogimiento de hombros-, supongo que toda tu vida serás un payaso. Es uan vergüenza. Hubieses podido ser un hombre respetable. Hubieras sido un magnífico abogado.
No valía la pena seguir hablando de ello, de modo que dije:
-¿Y cómo te va a ti, Leonard?
Su rostro se iluminó como si hubiera dado vuelta a un interruptor.
-Julius, no vas a creerlo, pero me han hecho socio principal de la firma. El año pasado, incluidas las comisiones, gané aproximadamente dieciocho mil dólares contantes y sonantes.
No quise estropearle su paseo pascual explicándole que, entre mi salario cinematográfico y mis ingresos teatrales, yo también ganab cerca de los 18.000,sólo que yo los ganaba cincuenta y dos veces al año. Me limité a despedirme de aquel pavo engreído, su vulgar familia y de sus consejos, y continúe paseando por la avenida.
Estoy seguro de que sigue convencido de que mi vida ha sido un completo fracaso y la suya, un gran éxito.

Groucho y yo | Groucho Marx

Porque, ¿quién no prefiere ser un indio a un importante abogado?

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De naufragios

…y con los ojos entornados mira a lo lejos. Una botella medio vacía flota cerca, arriba y abajo. Ella piensa en el mensaje enrollado que va dentro: <<Socorro, pero por favor, no me salvéis.>> Cierra los ojos y empieza a temblar, y no sólo de frío. Mil emociones la embargan y de repente lo entiende. Sí, es ella, que está naufragando.

A tres metros sobre el cielo, Federico Moccia.

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Podrás irte. Qué remedio si hay que perderte.
Pero los poemas, los pelos de punta, las ganas de gritar lo que se siente, la intensidad de tus palabras, se quedan con nosotros.
Gracias por haberme enseñado a sentir de esta manera, a ver la vida con otros ojos, a hacer mi existencia lo más especial posible, a evadirme, a viajar a lugares que nunca pensé que existirían, a haberme ayudado a explicarle a los demás lo que sentía y lo que siento, sobretodo a aquellos a los que la poesía simplemente les pasaba de largo.
Gracias por darme las palabras que a veces necesito para hasta yo misma entenderme.
Gracias por haberme regalado tus palabras. Podrás irte, pero tus palabras se han quedado aquí con nosotros.
No te olvidaremos.

Hoy son malos tiempos para los soñadores que aprendimos tanto de ti, Benedetti.

Qué vamos a hacer /somos pasajeros
de una vida que pasa y no perdona
pero seremos nada /sólo eso
cuando esta vida que ahora pasa
ya no pase.

Pasajeros, Testigo de uno mismo.
Benedetti.

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En ese punto, Noriko acaba derrumbándose y rompe a llorar, cubriéndose la cara con las manos y dando rienda suelta a las lágrimas: una mujer joven que ha sufrido en silencio durante tanto tiempo, una buena persona que se niega a creer que lo es, porque sólo los buenos dudan de su propia bondad, y eso es precisamente lo que los hace así. Los malos sí saben que son buenos, pero ellos lo ignoran. Se pasan la vida disculpando a los demás, pero no son capaces de perdonarse a sí mismos.

Un hombre en la oscuridad, Paul Auster.

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Ya una vez escribí parte de este poema. Llevo muchísimo tiempo con él en la cabeza, a veces me sorprendo recitando partes… Y quería ponerlo entero.
Además, lo aprovecho de recordatorio para que cuando llegue a Madrid, lo ponga en mi armario.
Dice muchas cosas que para mí son importantes y me siento muy identificada.

HABITACIONES SEPARADAS

Está solo. Para seguir camino
se muestra despegado de las cosas
.
No lleva provisiones.

Cuando pasan los días
y al final de la tarde piensa en lo sucedido,
tan sólo le conmueve
ese acierto imprevisto
del que pudo vivir la propia vida
en el seguro azar de su conciencia,
así, naturalmente, sin deudas ni banderas.

Una vez dijo amor.
Se poblaron sus labios de ceniza.

Dijo también mañana
con los ojos negados al presente
y sólo tuvo sombras que apretar en la mano,
fantasmas como saldo,
un camino de nubes.

Soledad, libertad,
dos palabras que suelen apoyarse
en los hombros heridos del viajero.

De todo se hace cargo, de nada se convence.
Sus huellas tienen hoy la quemadura
de los sueños vacíos.

No quiere renunciar. Para seguir camino
acepta que la vida se refugie
en una habitación que no es la suya.

La luz se queda siempre detrás de una ventana.
Al otro lado de la puerta
suele escuchar los pasos de la noche.

Sabe que le resulta necesario
aprender a vivir en otra edad,
en otro amor,
en otro tiempo.

Tiempo de habitaciones separadas.

Luis García Montero.


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