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Archive for the ‘Libros’ Category

Confianza

Mientras haya
alguna ventana abierta,
ojos que vuelven del sueño,
otra mañana que empieza.

Mar con olas trajineras
—mientras haya—
trajinantes de alegrías,
llevándolas y trayéndolas.

Lino para la hilandera,
árboles que se aventuren,
—mientras haya—
y viento para la vela.

Jazmín, clavel, azucena,
donde están, y donde no
en los nombres que los mientan.

Mientras haya
sombras que la sombra niegan,
pruebas de luz, de que es luz
todo el mundo, menos ellas.

Agua como se la quiera
—mientras haya—
voluble por el arroyo,
fidelísima en la alberca.

Tanta fronda en la sauceda,
tanto pájaro en las ramas
—mientras haya—
tanto canto en la oropéndola.

Un mediodía que acepta
serenamente su sino
que la tarde le revela.

Mientras haya
quien entienda la hoja seca,
falsa elegía, preludio
distante a la primavera.

Colores que a sus ausencias
—mientras haya—
siguiendo a la luz se marchan
y siguiéndola regresan.

Diosas que pasan ligeras
pero se dejan un alma
—mientras haya—
señalada con sus huellas.

Memoria que le convenza
a esta tarde que se muere
de que nunca estará muerta.

Mientras haya
trasluces en la tiniebla,
claridades en secreto,
noches que lo son apenas.

Susurros de estrella a estrella
—mientras haya—
Casiopea que pregunta
y Cisne que la contesta.

Tantas palabras que esperan,
invenciones, clareando
—mientras haya—
amanecer de poema.

Mientras haya
lo que hubo ayer, lo que hay hoy,
lo que venga.

Baltimore, 1942 – Puerto Rico, 1944.

Confianza | Pedro Salinas

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Paul Auster y el desconcierto

Por favor, dice el señor Goines, con voz un tanto desdeñosa, no lo vuelvas a hacer. Si un libro se coloca donde no le corresponde, puede estar perdido durante veinte años o más. Quizás para siempre.
Es un asunto de poca importancia, quizás, pero te sientes humillado por tu negligencia. No es que los dos libros en cuestión fueran a perderse (se encontraban en el mismo estante, al fin y al cabo, a sólo unos centímetros uno de otro), pero entiendes lo que el señor Goines trata de decir, y aunque te irrita el tono condescendiente que adopta contigo, te disculpas y prometes prestar más atención en el futuro. Piensas: ¡Veinte años! ¡Para siempre! Esa idea te deja pasmado. Pon algo donde no le corresponde, y aunque siga estando ahí -prácticamente delante de tus narices- puede desaparecer hasta el fin de los tiempos.

Invisible | Paul Auster

Desconcertante. La lectura de cualquier libro de Auster nunca puede dejar indiferente. Nunca lo hace. No entiendo nada, me dijo mi hermano después de leerse Trilogía de Nueva York. A mi me pareció sencillamente fantástico. Y eso, a pesar de haberme quedado pensando un largo tiempo qué era lo que Auster pretendía decirnos con todo eso. Y lo mismo me pasó con Brooklyn Follies y con Un hombre en la oscuridad. Simplemente te atrapa. Te absorbe. No es lo que dice, es lo que no te cuenta, lo que deja a escondidas. Es la falta de respuestas a las preguntas que sin querer te vienen a la cabeza. Porque son muchas. ¿Qué hace ahí? ¿Por qué va? ¿Quién es la mujer? ¿ Y el hombre? ¿Quién miente? ¿Quién dice la verdad? Juega con el bien y el mal, con la conciencia y la moral. Hace que te plantees cual es tu opinión sobre ciertas situaciones de la vida. Hace que cambies de opinión, que lo que te parecía mal de repente no es tan horrible y al revés. Juega contigo como lo hace con los personajes de la novela. Y claro, te dejas llevar.

En Invisible consigue desconcertarme del todo. Una historia que parece tener solamente un prisma desde el cual puede ser observada, comienza a dar vueltas en círculos de tal manera que lo que pensabas en un principio, ahora carece de sentido. Hay otra versión, otros hechos, alguna contradicción. Ya no eres capaz de valorar quién tiene la razón y quién no. No hay pruebas. Solamente tú, tu imaginación y tu manera de ver la vida son las únicas que pueden ayudarte a desenmascarar el enigma que Auster te deja a lo largo de la novela. Y aquí viene lo mejor: no solamente durante la novela, sino también después. De hecho, no se si a alguien más le ha pasado, pero cuando uno lee un libro, el desenlace aparece unas cuantas páginas antes del final, la historia se ha terminado de desenredar, está terminando y lo sabes. No solamente porque cada vez quedan menos páginas, sino porque ya no hay ningún cabo que deba ser atado. Asunto resuelto, fin de las páginas y se acabó. Con Auster nunca me ha pasado esto. Conforme pasan las páginas, voy viendo que la historia va a acabar. Pero mientras leo todo está enredado y temo que no se desenredará en lo que me queda de lectura. Y siempre es así. El libro se acaba, pero todo el desastre, la historia, el misterio, la inquietud, permanecen. No se han desvanecido con el fin de la historia, sino todo lo contrario: se aviva la necesidad de respuestas. Pero no hay más páginas, no hay más historia. Y ante la perspectiva de no lograr más respuestas, cierras el libro. Otra vez te ha enganchado, te ha atrapado. Y solamente puedes desear que más pronto que tarde, otro libro de Auster caiga en tus manos.

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Como estrellas de Broadway habíamos recorrido un largo camino desde que éramos niños y vivíamos en Nueva York. En aquel entonces habíamos pasado momentos maravillosos, o por lo menos así nos lo parecía retrospectivamente. Habíamos sido pobres y no nos molestaron criadas o niñeras. Mi madre hacía el trabajo de la casa y nosotros salíamos a la calle y jugábamos hasta que teníamos hambre. Si uno de nosotros era atropellado por un coche, mala suerte. No se podía esperar que una mujer cuidara de una casa y no apartara la vista de cinco muchachos al mismo tiempo.
Como te he contado antes, solíamos jugar a los jeugos habituales en cualquier calle. Supongo que eso puede aplicarse a cualquier barrio, pero en nuestra calle había un niño llamado Leonard Dobbin que supera a los demás en todos los aspectos. Su superioridad no se limitaba sólo a los juegos violentos. También era el mejor en los juegos de palabras y en los demás entretenimientos intelectuales que practican los niños. Además de esto, tenía muy buena apariencia y conquistaba a la mayoría de las chicas que merecían ser conquistadas.
Leonard siempre había dicho que cuando se graduara en la escuela superior iría a la universidad para estudiar leyes. Todos estábamos convencidos de que, con sus cualidades, era inevitable que un día se sentara en alguno de los más altos tribunales del país.
No volví a verle hasta que actúabamos en Los cuatro cocos, veinte años más tarde. Una noche, mientras estaba en mi camerino quitándome el bigote postizo y el resto del maquillaje, el portero del escenario me entregó una tarjeta. Llevaba escrito: “Leonard Dobbin. Abogado”.
Hice entrar a Leonard. De niño habíamos sido compañeros y me alegré de verlo. Tenía aspecto de lo que era, un joven abogado.
-He estado en primera fila, Julius, y te he visto trabajar -dijo Leonard.
En el mundo teatral, una entrada como ésta es por lo general seguida por “has estado maravilloso” , o “me lo he pasado en grande”, o “tú y tus hermanos me habéis hecho reir de verdad”. Incluso si hubiese dicho “el espectáculo ha sido horrible y tú has estado fatal”, no me hubiese importado demasiado, pero se limitó a permanecer allí, mirándome con cierto aire de lástima. Yo estaba fatigado y me ahogaba de calor, como la mayoría de los actores cuando el telón cae por última vez, y su actitud me molestó. No pude resistir por más tiempo y le pregunté:
-Bueno, Leonard, ¿qué te ha parecido la revista?
Chascó varias veces la lengua y siguió mirándome. En realidad no me miraba a mí, sino que miraba a través de mí. Como seguía sin responder, no consideré que valiera la pena proseguir por aquel camino. Decidí probar otra vía de aproximación.
-Bueno, ¿cómo te trata el mundo? -pregunté.- ¿A qué te dedicas?
-¿No has leído mi tarjeta? Soy abogado -luego, enderezándose en toda su estatura añadió-: soy el socio más joven de una firma. gano cien doláres a la semana y se me ha insinuado que el año próximo ganaré ciento veinticinco.
En aquella época yo ganaba 2.000 dólares a la semana, pero no se lo dije. Estaba determinado a sacarle alguna opinión sobre la revista.
-Leonard -insistí-, ¿no te ha hecho reir el espectáculo?
Finalmente se decidió a hablar.
-En realidad, Julius, me he reído mucho. En conjunto es muy gracioso, pero eso no es lo importante.
Ligeramente enojado, respondí:
-¡Para mí si lo es! Así es como me gano la vida.
Hubiese podido añadir: “Y además, muy bien”, pero estaba demasiado bien educado.
-Julius -dijo gravemente-, voy a hablarte con franqueza. De niños fuimos amigos y siempre te he tenido en mucha estima. Ahora voy a decírtelo con toda sinceridad. Esta noche he estado observándote. Tienes treinta y cinco años y en el escenario no haces más que tonterías. Te había visto en las variedades cuando tenías veinte años y entonces no me importó demasiado. Pero cuando veo a un sujeto de tu edad saltando por encima de los muebles, bailando como un loco, y lanzando frases irrespetuosas a los artistas, me duele. Tienes un magnífico cerebro. ¿Por qué no te dedicas a algo útil? No eres demasiado viejo. Aún podrías convertirte en negociante, en médico o tal vez incluso en abogado. ¿No sería eso mucho mejor que ofrecer un espectáculo para que se rían miles de desconocidos?
-Leonard -le dije-, no tienes ni idea de lo que tus palabras han representado para mí. Tan pronto como termine la temporada voy a seguir tu consejo. Dejar el teatro y buscar un empleo. ¡Si pudiera ganar cien dólares a la semana me parecería magnífico!
-Bueno -hizo una pausa reflexiva- …ya comprenderás que no se puede pretender empezar ganando cien dólares. Eso es mucho dinero, Julius, pero creo que tienes talento y detesto ver como lo desperdicias de esta manera. Piensa en ello.
-Estoy muy contento de que hayas venido a verme -le dije-. Esta pequeña conversación que hemos sostenido me ha inspirado muchas cosas.
Luego nos estreechamos las manos y el muy imbécil se marchó.

Transcurrieron dos años antes de que volviéramos a vernos. Entonces actuábamos en El conflicto de los Marx. Ganaba 3000 a la semana y acabábamos de firmar un contrato con la Paramount para hacer cinco películas por un millón y medio de dólares. Con el contrato cinematográfico y el sueldo de El conflicto de los Marx ganaba cerca de los siete mil dólares semanales. El conflicto de los Marx era un éxito mayor que Los cuatro cocos. Las entradas eran más caras y las recaudaciones mayores. Hacia el cuarto mes de exhibición, nuestro amigo el señor Dobbin apareció. El portero volvió a entregsrme su tarjeta. Esta vez estaba impresa en oro.
Cuando entró en mi camerino, intercambiamos los saludos corrientes y yo me quedé sentado, esperando de nuevo unas cuantas observaciones halagadoras. Hubiese debido conocerlo mejor.
-Bueno, Leonard -empecé-, ¿qué te ha parecdo el espectáculo?
(Esta vez había decidido ir directamente al grano.)
Me miró apesumbrado.
-Julius, me has decepcionado. Cuando nos separamos hace dos años, me llevé la impresión de que ibas a seguir mi consejo y abandonar el tearo, pero esta noche he estado en primera fila, observándote, y sigues haciendo las mismas tonterías y ridiculeces que hacías antes.
-Bueno, pero, ¿no son divertidas? -pregunté-. ¿no has oído cómo el público aullaba de risa?
-Sí, desde luego -admitió-. E incluso en uno o dos momentos yo mismo me he reido. Pero ahora tienes treinta y siete años. ¿No te sientes violento, a tu edad, al actuar como si estuvieses loco y mostrarte en público de esta manera?
Empezaba a sonar como un disco rayado.
-Leonard -dije-, olvidémoslo. -Inicié su tema favorito-. ¿Qué tal te van las cosas, ahora?
-Tengo noticias para ti -contestó resplandeciente-. No he obtenido aquel aumento de veinticinco dólares que esperaba. En cambio, me han aumentado cincuenta dólares.Y no pasará mucho tiempo antes de que gane doscientos dólares a la semana. ¡Imagínate! A mi edad y ganar doscientos semanales.
Siendo un hombre considerado, no tuve corazón para mencionar los 6.000 dólares a la semana que ganaba yo. Permanecí sentado y le dejé explayarse. Excepto por unas cuantas frases todavía más ampulosas, me repitió el mismo sermón que dos años atrás.
Cuando por fin se le acabó la cuerda, le dije:
-Leonard, ¡me has convencido! Esta es mi despedida del teatro. Un sujeto que a tu edad puede ganar ciento cincuenta dólares semanales me hace comprender mi locura. Eres un ejemploresplandeciente de la joven América en pleno progreso, y El conflicto de los Marx será mi canto del cisne en el teatro.
No volvía  ver a Leonard durante diez años. Por entonces nuestras películas se proyectaban en todo el mundo, tenía dinero en tres bancos distintos y poseía un agrigo de vicuña y dos Cadillacs.
Era el Domingo de Pascua en la Quinta Avenida. Leonard Dobbin llevaba un sombrero flexible, un traje oscuro y ajustado y un bastón, e iba acompañado por una mujer de aspecto extremadamente deseado y por dos chavales con aire infeliz. Intercambiamos saludos. Luego, con su tacto acostumbrado, empezó de neuvo el sermón.
-Me has defraudado por completo, Julius. Me dijiste que ibas a abandonar la escena.
Sonreí cortésmente.
-Y así lo hice, Leonard. Ahora trabajo en las películas.
-Bueno -me contestó con un encogimiento de hombros-, supongo que toda tu vida serás un payaso. Es uan vergüenza. Hubieses podido ser un hombre respetable. Hubieras sido un magnífico abogado.
No valía la pena seguir hablando de ello, de modo que dije:
-¿Y cómo te va a ti, Leonard?
Su rostro se iluminó como si hubiera dado vuelta a un interruptor.
-Julius, no vas a creerlo, pero me han hecho socio principal de la firma. El año pasado, incluidas las comisiones, gané aproximadamente dieciocho mil dólares contantes y sonantes.
No quise estropearle su paseo pascual explicándole que, entre mi salario cinematográfico y mis ingresos teatrales, yo también ganab cerca de los 18.000,sólo que yo los ganaba cincuenta y dos veces al año. Me limité a despedirme de aquel pavo engreído, su vulgar familia y de sus consejos, y continúe paseando por la avenida.
Estoy seguro de que sigue convencido de que mi vida ha sido un completo fracaso y la suya, un gran éxito.

Groucho y yo | Groucho Marx

Porque, ¿quién no prefiere ser un indio a un importante abogado?

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De naufragios

…y con los ojos entornados mira a lo lejos. Una botella medio vacía flota cerca, arriba y abajo. Ella piensa en el mensaje enrollado que va dentro: <<Socorro, pero por favor, no me salvéis.>> Cierra los ojos y empieza a temblar, y no sólo de frío. Mil emociones la embargan y de repente lo entiende. Sí, es ella, que está naufragando.

A tres metros sobre el cielo, Federico Moccia.

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Podrás irte. Qué remedio si hay que perderte.
Pero los poemas, los pelos de punta, las ganas de gritar lo que se siente, la intensidad de tus palabras, se quedan con nosotros.
Gracias por haberme enseñado a sentir de esta manera, a ver la vida con otros ojos, a hacer mi existencia lo más especial posible, a evadirme, a viajar a lugares que nunca pensé que existirían, a haberme ayudado a explicarle a los demás lo que sentía y lo que siento, sobretodo a aquellos a los que la poesía simplemente les pasaba de largo.
Gracias por darme las palabras que a veces necesito para hasta yo misma entenderme.
Gracias por haberme regalado tus palabras. Podrás irte, pero tus palabras se han quedado aquí con nosotros.
No te olvidaremos.

Hoy son malos tiempos para los soñadores que aprendimos tanto de ti, Benedetti.

Qué vamos a hacer /somos pasajeros
de una vida que pasa y no perdona
pero seremos nada /sólo eso
cuando esta vida que ahora pasa
ya no pase.

Pasajeros, Testigo de uno mismo.
Benedetti.

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En ese punto, Noriko acaba derrumbándose y rompe a llorar, cubriéndose la cara con las manos y dando rienda suelta a las lágrimas: una mujer joven que ha sufrido en silencio durante tanto tiempo, una buena persona que se niega a creer que lo es, porque sólo los buenos dudan de su propia bondad, y eso es precisamente lo que los hace así. Los malos sí saben que son buenos, pero ellos lo ignoran. Se pasan la vida disculpando a los demás, pero no son capaces de perdonarse a sí mismos.

Un hombre en la oscuridad, Paul Auster.

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Ya una vez escribí parte de este poema. Llevo muchísimo tiempo con él en la cabeza, a veces me sorprendo recitando partes… Y quería ponerlo entero.
Además, lo aprovecho de recordatorio para que cuando llegue a Madrid, lo ponga en mi armario.
Dice muchas cosas que para mí son importantes y me siento muy identificada.

HABITACIONES SEPARADAS

Está solo. Para seguir camino
se muestra despegado de las cosas
.
No lleva provisiones.

Cuando pasan los días
y al final de la tarde piensa en lo sucedido,
tan sólo le conmueve
ese acierto imprevisto
del que pudo vivir la propia vida
en el seguro azar de su conciencia,
así, naturalmente, sin deudas ni banderas.

Una vez dijo amor.
Se poblaron sus labios de ceniza.

Dijo también mañana
con los ojos negados al presente
y sólo tuvo sombras que apretar en la mano,
fantasmas como saldo,
un camino de nubes.

Soledad, libertad,
dos palabras que suelen apoyarse
en los hombros heridos del viajero.

De todo se hace cargo, de nada se convence.
Sus huellas tienen hoy la quemadura
de los sueños vacíos.

No quiere renunciar. Para seguir camino
acepta que la vida se refugie
en una habitación que no es la suya.

La luz se queda siempre detrás de una ventana.
Al otro lado de la puerta
suele escuchar los pasos de la noche.

Sabe que le resulta necesario
aprender a vivir en otra edad,
en otro amor,
en otro tiempo.

Tiempo de habitaciones separadas.

Luis García Montero.


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En 1826 Beethoven escribió El cuarteto de cuerdas nº 16 en Fa mayor Opus 135 y es el último de su ciclo de dieciséis cuartetos de cuerda.
El nombre que recibe este cuarteto es “Der schwer gefaßte Entschluß” (Una decisión de peso).

Los acordes introductorios que son lentos y sombríos llevan estas anotaciones: Muss es sein? Es muss sein! Es muss sein!

Muss es sein? ¿Tiene que ser?
Habla Beethoven del destino. Es muss sein. Tiene que ser. O dicho de otro modo, es imposible que no lo sea. Será y nada ni nadie podrá evitarlo porque ha de ser así.
Y he visto mi Es muss sein! tantas veces, que entiendo el carácter obligado, urgente que Beethoven transmitía.
Hay cosas que por mucho que queramos tienen que ser así. No hay otra manera de entenderlo que de esa única manera. Nuestro muss es sein.

Y he perdido el miedo a enfrentarme a cambios. Porque son así y no podrían ser de otro modo.
Como volver a Madrid. Madrid era al principio un sueño que rompía con todos mis esquemas.
Pero de ese sueño no quedan más que las migajas. Ese sueño desapareció y ahora apenas queda nada.
¿Por qué volver a Madrid entonces? Yo iba detrás de un sueño que se extinguió, dentrás de algo que ya no existe.  ¿Volver para qué?
No se cuantas veces me he preguntado eso.
Madrid me quitó (o me quité, siendo más justa) el mejor de los sueños. Madrid hizo que perdiera casi todo lo que era, me hizo cambiar, ser distinta, olvidar todo lo que hasta entonces era importante para mí.
¿Volver? Se me antojaba como un sueño sin sentido, una partida sin esperanza y un viaje hacia un dolor tan profundo que se convertía en algo absurdo.
Entonces, ¿porque nunca pensé en no volver?
Es muss sein! Lo dejé todo y perdí mucho. Pero tengo que volver. Tengo que seguir, tengo que seguir con lo que empecé y tengo que vivir todo lo positivo que encontré allí.
Es muss sein!
Tiene que ser así. No puede ser ya de otra manera. Madrid es parte de mí y lo será durante mucho tiempo por mucho que a veces duela. Por muy lejos que yo decidiera separarme de esa gran ciudad.
Ya está dentro de mí. ¿Para qué volverle la espalda?
Solamente necesito ilusionarme con otras cosas, mirar hacia otro lado y seguir caminando por donde yo quiera ir. No hay más.
Además Beethoven lo decía ya. Los Muss es sein! son decisiones de peso (Der schwer gefaßte Entschluß).
Es muss sein!

Lo único que puedo esperar es que no llegue el día en que diga: es konnte auch anders sein (también podía haber sido de otro modo).

[Creo que no habría conocido este cuarteto de Beethoven de no ser por La insoportable levedad del ser” de Milan Kundera (del que ya he hablado en otras ocasiones y lo que queda, se ha convertido en un libro muy especial para mí y tiene muchos temas sobre los que pensar).
Pero bueno, ya en otra ocasión hablaré de como llegó este libro a mis manos gracias a una persona que cambió mucho mi manera de ver la vida y me hizo comprender que todo dependía de la levedad y del peso]

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Para ti. Por haberme dado todo sin apenas darte cuenta. Por ser más de lo que te crees y por ser tu.

TÁCTICA Y ESTRATEGIA

Mi táctica es
mirarte
aprender como sos
quererte como sos

mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible

mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
pero quedarme en vos

mi táctica es
ser franco
y saber que sos franca
y que no nos vendamos
simulacros
para que entre los dos
no haya telón
ni abismos

mi estrategia es
en cambio
más profunda y más
simple

mi estrategia es
que un día cualquiera
ni sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin me necesites.

Táctica y estrategia, de “El amor, las mujeres y la vida”. Mario Benedetti.

Benedetti y Pedro Salinas son los poetas que más me gustan. Y este poema de Benedetti el que más me gusta de él.
Curioso el nombre del libro, debido a su relación con Schopenhauer, que Benedetti explica en su antología:

Desde que, en mi lejana adolescencia, me enfrenté a “El amor, las mujeres y la muerte, por entonces el libro más popular del filósofo alemán Arthur Schopenhauer (1788-1860), entré en contradicción con la sutir propuesta que sugerían las tres palabras de aquel título. Y aunque el filósofo de Danzig se cuidaba de tratar cada término por separado, era evidente que su pesimismo voluntarista, al introducir los tres elementos en un mismo saco, los convertía en ingredientes de su inextinguible misoginia. Es cierto que muchas de las acometidas de Schopenhauer contra la mujer y sus primeros y tímidos conatos de independencia, se inscribían en un prejuicio generalizado en aquel lugar y en aquel tiempo, un prejuicio que por cierto no sólo abarcaba a los hombres sino también a las mujeres.
En estos días volví a leer todo el libro, con ojos casi sesenta años más viejos , y pese a situarlo, ahora sí conscientemente, en su ámbito temporal, volví a experimentar aquella antigua sensación de rechazo. El amor es uno de los elementos emblemáticos de la vida. Breve o extendido, espontáneo o minuciosamente construido, es de cualquier manera un apogeo en las relaciones humanas. Curiosamente, hasta su controvertida obra, Schopenhauer no puede evitar una constancia esperanzada: “El amor es la compensación de la muerte; su correlativo esencial” (…) ¿Acaso no vale para mostrar que, aunque en un carácter tan sexualmente huraño como el de este autor teutón, el amor es el único elemento que le sirve para enfrentar a la muerte?
De ahí a reconocer que el amor y las mujeres están más cerca de la vida que de la muerte, media sólo un paso. Aquí lo doy, con perdón de Schopenhauer (…).

Mario Benedetti.

Pues para ti. Para que no haya telón ni abismos.

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¿Débil o fuerte?

La independencia de una persona muestra su fortaleza. Puede valerse por sí misma, mira la vida sólo a través de sus ojos (aunque mire también por los demás, que una cosa no quita la otra). Su punto de apoyo es ella misma. La propia persona se sostenta sin ayuda de nadie.

La dependencia de una persona muestra su debilidad. No puede valerse por sí misma, mira la vida a través de otra persona que le ayuda en ciertos aspectos de su vida. Su punto de apoyo es el conjunto de ella misma con otra persona y la ausencia de la otra persona provoca inseguridad y malestar de esa persona.
Ya cité en otro post las frases sobre debilidad del libro La insoportable levedad del ser de Milan Kundera aunque ahora os pongo un poco el contexto:

Cuando recordaba ahora, en Zurich, aquel momento, ya no sentía desprecio hacia Dubcek.La plabara debilidad ya no suena como una condena. Cuando hay que hacer frente a un enemigo superior en número, siempre se es débil, aunque se tenga un cuerpo atlético como Dubcek. Aquella debilidad, que entonces le había parecido insoportable, repugnante, y que los había expulsado del país, de repente le atraía. Se daba cuenta de que formaba parte de los débiles, del campo de los débiles, del país de los débiles, y de que tenía que serles fiel precisamente porque eran débiles y se quedaban sin aliento a mitad de frase.

Se sentía atraída por esa debilidad como por el vértigo. Atraída porque ella misma se sentía débil. De nuevo empezó a tener celos y de nuevo le temblaban las manos. Tomaás lo vio e hizo un gesto que ella conocía bien, cogió las manos de ella entre las suyas para tranquilizarla, apretándoselas. Ella las retiró bruscamente.
-¿Qué te pasa? -dijo.
-Nada.
-¿Qué quieres que haga por ti?
-Quiero que seas viejo. Diez años mayor. ¡Veinte años mayor!
Quería decir: <<Quiero que seas débil. Quiero que seas tan débil como yo>>.

(…)

Cada uno de ellos había creado un Infierno para el otro, pese a que se querían. El hecho de que se quisieran demostraba que el error no residía en ellos, en su comportamiento o en la inestabilidad de sus sentimientos, sino en que no congeniaban porque él era fuerte y ella débil. Ella es como Dubcek, que hace en medio de una sóla frase una pausa de medio minuto, es como su patria, que tartamudea, pierde el aliento y no puede hablar.
Pero es precisamente el débil quien tiene que ser fuerte y saber marcharse cuando el fuerte es demasiado débil para ser capaz de hacerle daño al débil.

¿Débil o fuerte?
Ser la débil es una putada.

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