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Archive for the ‘El amor y otros defectos’ Category

Amor y miedo

Le dijo: “Estoy dispuesto a dejarlo todo por tí, entre otras cosas“. Ella se rió preguntándose que podría haber más que todo, pero la sonrisa en los labios sólo duró unos instante. Y enseguida volvió a la realidad.
No le dejaría que lo dejase todo. Estaban en juego tantas cosas que estaba muerta de miedo. Estaba en juego toda su vida, toda su cultura… La de él. Los dos años que ya habían pasado se desbordaban en ese mismo instante.
Cuando llega el momento de arriesgar, de ponerse al límite, el miedo nos llega hasta las pestañas. No deja apenas respirar y la brecha que se abre entre el presente y el futuro asusta de una manera apenas imaginable.
Porque daba igual que le repitieran mil veces aquello de “quién no arriesga no gana” porque el riesgo era demasiado alto para ella.
Todo su pasado pasaba a velocidades agigantadas mezclándose con el presente y con el futuro, haciendo un torbenillo que apenas la dejaba respirar.
Sólo pudo decir: “mejor que te marches. Es demasiado el riesgo”.
Y dio igual que él le repitiera mil veces que estaba dispuesto a todo y que él no tenía miedo.
El miedo había hablado por los dos y se había abierto entre ellos una brecha insalvable.

Amor y miedo, del libro “El amor y otros defectos”

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Agotaba el último cigarro del paquete frente a la ventana de una habitación en la que entraba la escasa luz que irradiaban las farolas de la calle. El reloj marcaba las cinco menos diez de la madrugada y su corazón ya no marcaba nada.
Típica esta situación, ¿eh?” pensaba. “¿Cuántas veces he visto yo esta imagen de mí mismo por televisión? Pues anda que no hay diferencia entre ser el espectador y entre ser el miserable…“.
Sus pensamientos volaban de lado a lado en su cabeza a velocidad de vértigo. “¿Miserable? Todas esas personas parecían miserables al otro lado del televisor, sí, o al menos no mostraban que su situación tuviera algo de positivo, pero ¿yo me siento miserable? No. No me siento miserable en absoluto“.
Y era verdad, la decisión la había tomado él mismo frente al espejo. Sentía que debía ser así y así lo hizo. Había pensado demasiado en provocar el cambio que ahora mismo veía en sí mismo frente a la ventana. Estaba todo tan pensado, que no tenía sentido sentirse miserable. Y ya no era sólo que no tuviera sentido, sino que simplemente no se sentía así. Era su deseo. Todo lo que ahora vivía era su propio deseo de evadirse de esa situación que ya no le hacía latir el corazón. Su deseo. Las palabras retumbaban en su cabeza ahora con más intensidad.
Los pensamientos seguían revoloteando como si tuvieran prisa, como si tuviesen miedo de desaparecer con la última calada del último cigarro.
Curioso el mundo, ¿no? Todavía se cree que es el amor el que me mueve el mundo, el que hace que todo se mueva, el que permite que no acabemos los unos con los otros… El amor.
Pero, ¿quién va a creerse eso hoy en día? En un mundo en lo que lo más importante es el trabajo. Primero el trabajo, luego
lo demás, como si lo demás no importase. Trabajo es igual a dinero, que es igual a poder.
¿Quién va a creerse ahora esa patraña del amor? ¿Quién va a confiar en encontrar amor en algún lugar de la tierra? El trabajo (igual a dinero) está en todas las partes de la tierra, luego en todas las partes de la tierra el amor ha sido desterrado como la cosa más inútil
creada por el hombre.
¿Cuántas personas conozco que renuncian a su familia por tener un
mejor puesto de trabajo? Renunciar a una familia es renunciar a dar amor. Si todo el mundo renuncia al amor, nos queda productividad, sí, pero también nos queda automatismo, ¿o no?
Se movía inquieto por la habitación. Los pensamientos giraban a una velocidad que ni él mismo controlaba.
Que engaño esto del amor, desde luego. ¡El que nos engaña es el amor mismo! Nos hace creer que la persona que tenemos delante es todo lo que necesitamos. Nos hace que el corazón lata más fuerte, que nos tiemblen las piernas, que no nos salga la voz. Nos hace tener un punto débil, un talón de Aquiles que a veces roce hasta el absurdo. ¿Y luego para qué? ¿Para que todos esos fuegos artificales si un día te levantas no sintiendo absolutamente nada por la persona que duerme a tu lado? ¿Qué puedes esperar del amor cuando te engaña de esa manera?
Y luego encima, te acarrea responsabilidades que no sabes bien como afrontar. ¿Coómo explicar que el amor (que es entre otras cosas traicionero) ha decidido que ya no sientes nada por alguien? ¿Cómo decirlo sin que suene falso, sin vida? Ni siquiera eres responsable de no sentir nada. ¿Qué hacer con todo
lo que ya no se siente?
Pero engañarse no tenía ningún sentido ya… ¿O eso es lo que quiero pensar?
¿Mentirse? Alguien dijo alguna vez que el ser humano es el ser con más capacidad de autoengaño del planeta…Y qué razón tenía”.
“¿Cómo pudiste abandonar a tu esposa?” Las palabras de un amigo en común de los dos abarcaban ahora todo su pensamiento. Todo. No dejaba espacio apenas ni siquiera para respirar.
¿Cómo contestar a algo que no depende de ti? ¿Qué decir? ¿Cómo actuar a partir de ahora?”Las respuestas no se te aparecen delante“.
Lo que sí se le apareció delante hace tiempo fue una mujer, que hizo resurgir sentimientos en él que hacía tiempo habían desaparecido. Y no, no pudo controlarlo.
Unas horas antes, después de abandonar a su mujer y de buscarla a ella le había dicho:
-El amor es un engaño. Es el mayor engaño que el mundo nos da. Pero es un engaño que de momento (y digo de momento que con esto nunca se sabe) quiero vivirlo contigo.

Amor y engaño, del libro “El amor y otros defectos”.

¿Hasta dónde estamos dispuestos a dejarnos engañar por el amor?

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Si se fijan, podrán ver a un hombre y a una mujer en una estación de tren. Ambos no se conocen absolutamente de nada, pero están ahí, en la estación esperando la llegada del tren que les lleve a un lugar que cambiará su forma de pensar, su forma de actuar y prácticamente toda su vida.
Tienen algo de miedo y de incertidumbre, pero también intriga, deseo de que llegue cuanto antes el tren para conocer que les aguarda allá afuera. Es normal. Los cambios siempre provocan esa sensación en las personas.
Si prestan algo más de atención y miran un poco más allá, podrán ver como se acerca el tren desde la lejanía. Viene rápido, muy rápido. Se para en la estación.
La mujer se levanta y se monta, pero el hombre no. Se ha quedado sentado en un banco de la estación y no ha hecho ningún movimiento que pudiera hacer pensar que va a levantarse.
El tren se va de la estación rápido, muy rápido.
Cuando apenas se ve al tren en la lejanía, otra mujer aparece corriendo con una pequeña maleta en la mano (para estos viajes sólo hay que llevar lo imprescindible, si no se pierden demasiadas cosas) y con una mirada cansada, ve marcharse el tren que ella debía haber cogido si no hubiera tenido que hacer otras cosas también importantes, antes de llegar a la estación.
La mujer que cogió el tren está feliz. Va camino de un destino con el que ahora sueña y está llena de emoción, de intriga, pero no volvería atrás por nada del mundo.
El hombre que no cogió el tren decidió que quizás no era lo correcto, que se estaba equivocando. Quizás se había precipitado al decidir que cogería el tren, siente que lo que hay allá fuera no es lo que él espera. No sabe que habrá pero siente que no lo es.
Apenas durmió la semana siguiente pensando en si había actuado correctamente. Sin embargo, ¿merecía la pena lamentarse? ¡Claro que no! La decisión había sido tomada y no había retorno. No había más trenes, no había más oportunidades. Sólo queda vivir lo que se tiene y olvidar aquella oportunidad que no volverá.
La chica que llegó tarde no se siente plenamente responsable de haber perdido el tren. Hizo todo lo que pudo y aún así no consiguió llegar al tren. No era en absoluto su culpa. Quizás del tren por haberse adelantado unos minutos, quizás de aquellas actividades que no podía dejar de hacer justo antes de la llegada del tren, quizás del tráfico… ¡tantas cosas! Pero sin lugar a dudas no era su culpa.
Lo había intentado y no lo había conseguido. Quizás en otra ocasión, pensaba.

¿No les recuerda todo esto al amor? Algunas personas lo tienen tan claro, se sienten tan seguras y dudan tan poco, que sienten que el camino que realizan es lo que de verdad quieren, no dudan.
Otras personas dudan, no lo tienen claro, piensan que hacen lo correcto y a veces se equivocan. Y esa equivocación es la más cara, la que más pasa factura en su conciencia, porque es él mismo el que toma la decisión, él mismo es responsable de su situación. Y en estas situaciones, la conciencia perdona muy poco.
Sobretodo porque puede pasar mucho tiempo sin que esa persona sepa si su actuación fue la adecuada, si se equivocó o no. Y quizás nunca lo sepa.
Por último, otras personas no se sienten responsables de su situación. Lo intentaron todo pero no funcionó. No salió bien. No es culpa suya. La conciencia es mucho más benevolente con ellas.

Amor y conciencia, del libro “El amor y otros defectos”

¿Qué es mejor: elegir o dejarnos arrastrar por la vida?

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