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Archive for the ‘De todo y de nada’ Category

Me recuerda mucho a mí cuando tenía esa edad. Me recuerda a mí en sus gestos,
en lo que hace, en lo que dice, en como mira lo que le rodea.
Me recuerda mucho a mí porque me reconozco en sus palabras,
reconozco una parte de mí en cada sílaba que pronuncia, en cada gesto.
Quiero decirle que me recuerda mucho a mí y que no tenga miedo cuando se equivoque,
que todos nos hemos equivocado y muchas veces hemos perdido,
pero muchas otras hemos ganado con el mismo error.
Quiero decirle que aproveche cada segundo como si fiese el último,
que cuando se de cuenta el tiempo habrá pasado y no habrá dado todo de sí misma.
Quiero decirle que aunque te creas capaz de cualquier cosa con esa edad,
pronto se dará cuenta de que no es así, que a veces frenar es igual de importante
que dar un paso adelante. Parar cuando se quiere correr es necesario.
Quiero decirle esto y miles de cosas más, quiero que sepa que dentro de unos años
todo le parecerá distinto y que tendrá que elegir entre muchas opciones.
Quiero decirle todo esto pero no lo hago. Porque yo no quiero,
y ella sin saberlo, tampoco quiere.
Porque me diría que la deje equivocarse, y es lo que estoy dispuesta a hacer.
Ver como se equivoca, ver como tropieza y como se vuelve a levantar.
Porque yo me equivoqué, me tropecé y me levanté.
Porque todos lo hemos hecho alguna vez.
Porque todos hemos aprendido de los errores.
Y porque es así como ella tiene que aprender.

Mi vida es un vuelo sin motor,
aún si quiero vivir a mi manera,
eso no hace daño a nadie,
sólo quiero que me entiendas.
Déjame vivir a mi manera,
necesito que me creas.

Confiar en alguien | Amaral

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Aquellos años

Recuerdo aquellos años en los que me creía que el mundo era mío. Porque con quince años cualquiera se habría sentido en la cima del mundo, peleando por lo que quería y consiguiéndolo en la mayor parte de las veces.

Recuerdo aquellos años en los que teniendo poco, lograba grandes cosas. En las que faltándome ilusión y ganas algunas veces, conseguía ver el sol la mayor parte del tiempo.

Recuerdo aquellos años en los que los amigos crecían contigo a la misma vez, aprendiendo de la vida las mismas cosas y recibiendo las mismas lecciones. Porque éramos iguales en nuestros objetivos y diferentes en las formas de lograrlos.

Recuerdo aquellos años en los que habría dado todo lo que tenía, que no era mucho, para que el tiempo se hubiera detenido. Porque dolía que los días se acabaran y que no se hicieran eternos.

Recuerdo aquellos años en los que escribir era una necesidad y no un capricho. Cuando saltaba una necesidad que poco a poco ha ido diluyéndose en un mundo de prisas que ha apagado esa llama de la necesidad.

Recuerdo aquellos años en los que me creía que el mundo era mío. Y en parte lo fue.

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Porque en medio de todas las obligaciones, seguimos teniendo derecho a la nostalgia, al recuerdo y a la desesperanza. Porque cuando eres feliz, la felicidad te invade en todos los momentos de tu vida, incluso en aquellos en los que piensas que no lo eres tanto. Porque la felicidad es permanente pero la alegría no. Porque siendo feliz, uno puede permitirse abandonarse a la nostalgia, al desamparo y a la sensación de necesitar algo o alguien. Porque no somos máquinas perfectas y por eso, la felicidad tampoco es perfecta. La felicidad tiene fisuras que se abren por el paso del tiempo, de las personas, por los días no tan soleados. Fisuras que siempre cierran, pero que no significa que no vuelvan a abrirse. Fisuras que nos recuerdan que estamos vivos, que el sufrimiento, el dolor y el desamparo están tan intrínsecamente unidos a nosotros como la alegría, la esperanza y la calma. Porque aunque a veces no haya derecho a estar mal por todo lo bueno que nos rodea, no podemos evitar sentir, por unos instantes, que el mundo puede venirse abajo. Pero no es miedo lo que se siente, sino la esperanza de saber que uno no puede hundirse más y que no queda más remedio que empezar a subir. A recuperarse. Porque uno es feliz durante su vida, pero el hecho de vivir deja secuelas.

La vida tiritando en una estrella,
luciérnagas que tiemblan en tu pecho,
los restos de un naufragio,
andamio que restaura los recuerdos,
el cielo en el que sueñan los cautivos.

Ellas | Nach e Ismael Serrano

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Curioso

Ha sido la sensación de que no podría lograrlo, la que me ha dado fuerzas para intentarlo con todas mis ganas.

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Llevo varios días con una idea en la cabeza y ahora me surge otra. Tengo, por tanto, dos ideas que compartir.

1.

Ningún amigo como un hermano; ningún enemigo como un hermano.
Proverbio indio.

Han pasado cosas estos días que me han hecho plantearme en qué se basa la relación entre hermanos, cómo funcionan esas relaciones y cómo pueden mantenerse en el tiempo. Me extrañaba cuando estudiaba que los hermanos, en Derecho de familia siempre ocupan un segundo plano y claro, para mí era impensable porque los hermanos son siempre hermanos. Sin embargo, no se por qué me he dado cuenta de algo: los hermanos no se mantienen solo si no haces crecer la relación. No son tus amigos que has elegido, con los que quedas y disfrutas de tu tiempo con ellos. Pronto aprendes que los amigos de tu hermano son sus amigos, que tú tienes los tuyos, y que en general, a él no le gusta vert merodeando alrededor. Y es perfectamente comprensible. Y además, tampoco son tu pareja, que está a tu lado porque quieres, con la que compartes tantísimas cosas… Es curioso porque todos conocemos familias cuyos hijos son completamente diferentes entre sí, no guardan relación. Una misma educación no produce resultados iguales, cada hijo es distinto con sus cosas buenas y sus cosas malas. Y creo que ahí radica el problema: siendo tan diferentes, ¿por qué deberían conectar entre sí? Pero lo cierto es que lo hacen. Entonces, ¿cómo mantienen esa relación? Imagino que hay millones de casos en los que los hermanos han mantenido una relación cercana, estable, pero se me vienen a la mente imágenes de hermanos que pierden el contacto con los años (cada uno vive en una ciudad), que solamente se ven durante la navidad, etc. ¿De verdad una persona con la que has compartido tantos momentos en tu vida pasa a ser algo accesorio o secundario? ¿En qué momento sabes que ese vínculo cada vez es más débil y que si ambas partes no se involucran acabarán por romperse? Para mí un hermano significa muchísimas cosas que es díficil explicar, y al final, con lo único que me quedo es que todos los momentos que hemos pasado juntos, pienso completarlos con muchísimos momentos en el futuro. Porque quiero que siga en mi vida, quiero que sigamos siendo lo que éramos y desde luego, si algún día el vínculo se debilita, sabré que nunca fue por culpa mía. Y un último pensamiento: cuidar a un hermano debería estar entre las prioridades de cada persona, porque es maravilloso saber que alguien cerca de ti ha vivido cosas parecidas a las tuyas. En estos momento, sinceramente, compadezco a ellos que nunca han tenido hermanos, porque se han perdido una esencia de la vida que a mí, a día de hoy, me parece fundamental.

2.

Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie.
Guiseppe Tomasi di Lampedusa.

Cuando has dedicado muchos años de tu vida (además, años difíciles de tu vida) con personas que considerabas importantes, la sensación de vacío que se te queda al recordar que ninguna de ellas sigue en tu vida es indescriptible. Crecemos, elegimos, cambiamos la forma de ver las cosas y nos olvidamos de que también, con cada gesto que hacemos, dejamos recuerdos, personas, lugares en el camino. Personas que ya no significarán nada cuando oigas su nombre, personas que pudieron significarlo todo y que ahora no significan nada. Pero es imposible retenerlo todo, es imposible guardar cada momento en una caja y no querer soltarlo. Somos lo que hemos querido ser y eso siempre ha implicado decidir qué queríamos y qué no queríamos en nuestra vida. ¿Echar de menos? ¿Para qué? Si decidimos en aquel momento que era mejor así, nuestros motivos tendríamos. Pero cuando perdemos ese contacto simplemente por el paso del tiempo y la distancia, ¿sigue siendo culpa nuestra? Quiero pensar que no, pero en lo más profundo se que sí. Que marcharte de un lugar no te exime de cualquier responsabilidad de mantener lo que tienes. Es difícil, sí. Y claro, no puedes mantenerlo todo. Dejé una ciudad, dejé personas, dejé momentos que me dieron muchísimas felicidad y alguna tristeza. Y cuando tengo una vida hecha nueva, una nueva forma de entender todo lo que tengo, vuelvo a cambiar de ciudad. Y otra vez dejaré una ciudad, dejaré personas, dejaré momentos que me dieron felicidad y alguna tristeza. No puedo llevarme todo en la maleta, pienso. Lo pienso todo el rato, no se me va de la cabeza. No puedo llevarme todo. Me llevaré lo más importante, lo que necesite, me llevaré personas que se que necesitaré en algún momento de mi vida porque significan mucho para mí. No echaré voluntariamente a nadie de mi vida, pero se que poco a poco, se irán yendo, que es inevitable. Es mi pequeña selección natura de lo que necesito y de lo que puedo prescindir. Y después de todo siempre me quedará una duda que se que nunca podré solucionar: Si supiera que personas que probablemente pierda en el futuro por marcharme van a convertirse en fundamentales a partir de ahora, ¿dejaría de marcharme? O peor: ¿Y si las personas de ahora son de verdad lo importante de mi futuro y al marcharme no podré saberlo nunca? Pero como son preguntas a las que nunca daré respuesta me quedo con lo presente: el cambio. La ruptura con lo anterior y la espera de nuevos desafíos. Ojalá sople el viento a mi favor.

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Desde luego nunca me he planteado la opción de hacer lo que me apetecía en ese momento, porque el ser una persona impulsiva conlleva los riesgos de ir más allá y al final, salir perdiendo. Y era tremendamente impulsiva, actuaba por impulsos como, donde y cuando fuera. Pero de repente, no encuentro la impulsividad por ninguna parte. ¿Debería ser bueno? Quizás, pero lo cierto es que al final, me he ido al otro extremo (nunca se me dio bien encontrar el punto de equilibrio, ese equilibrio al que decía Aristóteles que todos debíamos tender). He sido siempre de extremos, por motivos desconocidos. Y claro, ya se sabe cual es el contrario de la impulsividad. Sí, la pausada y lenta reflexión. Hasta límites de aburrimiento interior. Y que deriva directamente en lo que a mí más me aterra: la duda.

He dejado atrás el momento de la duda. ¿Sabes cuándo es eso? Es el momento de un viaje en que es más largo volver al punto de partida que continuar hasta el final. Igual que… ¿recuerdas cuando aquellos astronautas tuvieron problemas? Iban hacia la luna y algo salió mal, no sé, alguien metió la pata y tuvieron que hacerles volver a la Tierra, pero habían pasado el punto sin retorno. Tuvieron que dar toda la vuelta a la luna para volver, y estuvieron sin establecer contacto durante horas. Todo el mundo esperó con ansia a ver si aparecía por el otro lado un puñado de muertos metidos en una lata. Y así estoy yo. Estoy en la otra cara de la luna, incomunicado. Y todo el mundo tendrá que esperar hasta que aparezca.

Un día de furia (1992)

Yo también me encuentro así. Perdida detrás de la luna encontrando la forma de salir de todo esto teniendo la sensación de que he elegido lo correcto. Y todo el mundo está ahí, detrás de luna esperando que yo aparezca. Y no es que solamente ellos duden de que yo vaya a aparecer, es que ni siquiera se qué estoy haciendo yo al otro lado de la luna en vez de plantar cara de una vez a todo eso que tengo delante.

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El abismo del final. La incertidumbre del principio, de un nuevo comienzo. Todo lo que pudo haber sido y no fue, todo lo que no debió existir y aún así lo hizo, todo lo que no creí, todo en lo que no confié, todas las veces que perdí la esperanza y todas las veces que me resigné a confiar después de todo. Todas las veces que pedí ayuda y todas en las que ayudé. Todas las veces que me caí y me volví a levantar, todas las veces que fui incapaz de ver más allá de mis propias narices y todas las veces que me sentí fuera de todo, todas las veces que me sentí demasiado parte de algo. Todas las cosas que hice genial, bien, mal y fatal. Todas las veces que me quedé callada y no supe que responder, todas las veces que fui la primera en decir lo que pensaba. Todas las veces que me escondí detrás de un papel y todas las veces que di la cara. Todas las veces que luché y gané y todas las veces que perdí por no haber luchado demasiado. Todas las lágrimas que derramé, las sonrisas que regalé y las miradas que no dejaron entrever lo que sentía. Todo un universo comprendido en un espacio limitado, pequeño, inmóvil y en ocasiones asfixiante. Un universo como tantos otros, un universo lleno de cosas buenas y otras no tan buenas. Y una persona ahí, en medio de todo aquello, expectante primero, inquieta después. Porque todas las veces que gané, que perdí, que luché y que no me rendí, aprendí que lo importante es lo que está detrás de todo lo que te preocupa, lo que se mantiene pase el tiempo que pase. El abismo del final. La incertidumbre del principio. Cerraré un círculo y abriré otro. Y ya no será el abismo del final sino el cierre de una etapa. Y ya no será la incertidumbre del principio, sino la ilusión del cambio.

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