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Archive for 20 septiembre 2010

Paul Auster y el desconcierto

Por favor, dice el señor Goines, con voz un tanto desdeñosa, no lo vuelvas a hacer. Si un libro se coloca donde no le corresponde, puede estar perdido durante veinte años o más. Quizás para siempre.
Es un asunto de poca importancia, quizás, pero te sientes humillado por tu negligencia. No es que los dos libros en cuestión fueran a perderse (se encontraban en el mismo estante, al fin y al cabo, a sólo unos centímetros uno de otro), pero entiendes lo que el señor Goines trata de decir, y aunque te irrita el tono condescendiente que adopta contigo, te disculpas y prometes prestar más atención en el futuro. Piensas: ¡Veinte años! ¡Para siempre! Esa idea te deja pasmado. Pon algo donde no le corresponde, y aunque siga estando ahí -prácticamente delante de tus narices- puede desaparecer hasta el fin de los tiempos.

Invisible | Paul Auster

Desconcertante. La lectura de cualquier libro de Auster nunca puede dejar indiferente. Nunca lo hace. No entiendo nada, me dijo mi hermano después de leerse Trilogía de Nueva York. A mi me pareció sencillamente fantástico. Y eso, a pesar de haberme quedado pensando un largo tiempo qué era lo que Auster pretendía decirnos con todo eso. Y lo mismo me pasó con Brooklyn Follies y con Un hombre en la oscuridad. Simplemente te atrapa. Te absorbe. No es lo que dice, es lo que no te cuenta, lo que deja a escondidas. Es la falta de respuestas a las preguntas que sin querer te vienen a la cabeza. Porque son muchas. ¿Qué hace ahí? ¿Por qué va? ¿Quién es la mujer? ¿ Y el hombre? ¿Quién miente? ¿Quién dice la verdad? Juega con el bien y el mal, con la conciencia y la moral. Hace que te plantees cual es tu opinión sobre ciertas situaciones de la vida. Hace que cambies de opinión, que lo que te parecía mal de repente no es tan horrible y al revés. Juega contigo como lo hace con los personajes de la novela. Y claro, te dejas llevar.

En Invisible consigue desconcertarme del todo. Una historia que parece tener solamente un prisma desde el cual puede ser observada, comienza a dar vueltas en círculos de tal manera que lo que pensabas en un principio, ahora carece de sentido. Hay otra versión, otros hechos, alguna contradicción. Ya no eres capaz de valorar quién tiene la razón y quién no. No hay pruebas. Solamente tú, tu imaginación y tu manera de ver la vida son las únicas que pueden ayudarte a desenmascarar el enigma que Auster te deja a lo largo de la novela. Y aquí viene lo mejor: no solamente durante la novela, sino también después. De hecho, no se si a alguien más le ha pasado, pero cuando uno lee un libro, el desenlace aparece unas cuantas páginas antes del final, la historia se ha terminado de desenredar, está terminando y lo sabes. No solamente porque cada vez quedan menos páginas, sino porque ya no hay ningún cabo que deba ser atado. Asunto resuelto, fin de las páginas y se acabó. Con Auster nunca me ha pasado esto. Conforme pasan las páginas, voy viendo que la historia va a acabar. Pero mientras leo todo está enredado y temo que no se desenredará en lo que me queda de lectura. Y siempre es así. El libro se acaba, pero todo el desastre, la historia, el misterio, la inquietud, permanecen. No se han desvanecido con el fin de la historia, sino todo lo contrario: se aviva la necesidad de respuestas. Pero no hay más páginas, no hay más historia. Y ante la perspectiva de no lograr más respuestas, cierras el libro. Otra vez te ha enganchado, te ha atrapado. Y solamente puedes desear que más pronto que tarde, otro libro de Auster caiga en tus manos.

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