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Archive for 10 julio 2010

Como los días que nos esperan,
como las veces que decidiste quedarte conmigo.
Como las miradas detrás de cada estación,
como los susurros en mitad de la noche.
Como si no hubieses visto tantos días nacer,
como los que nos esperan en septiembre.

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Como estrellas de Broadway habíamos recorrido un largo camino desde que éramos niños y vivíamos en Nueva York. En aquel entonces habíamos pasado momentos maravillosos, o por lo menos así nos lo parecía retrospectivamente. Habíamos sido pobres y no nos molestaron criadas o niñeras. Mi madre hacía el trabajo de la casa y nosotros salíamos a la calle y jugábamos hasta que teníamos hambre. Si uno de nosotros era atropellado por un coche, mala suerte. No se podía esperar que una mujer cuidara de una casa y no apartara la vista de cinco muchachos al mismo tiempo.
Como te he contado antes, solíamos jugar a los jeugos habituales en cualquier calle. Supongo que eso puede aplicarse a cualquier barrio, pero en nuestra calle había un niño llamado Leonard Dobbin que supera a los demás en todos los aspectos. Su superioridad no se limitaba sólo a los juegos violentos. También era el mejor en los juegos de palabras y en los demás entretenimientos intelectuales que practican los niños. Además de esto, tenía muy buena apariencia y conquistaba a la mayoría de las chicas que merecían ser conquistadas.
Leonard siempre había dicho que cuando se graduara en la escuela superior iría a la universidad para estudiar leyes. Todos estábamos convencidos de que, con sus cualidades, era inevitable que un día se sentara en alguno de los más altos tribunales del país.
No volví a verle hasta que actúabamos en Los cuatro cocos, veinte años más tarde. Una noche, mientras estaba en mi camerino quitándome el bigote postizo y el resto del maquillaje, el portero del escenario me entregó una tarjeta. Llevaba escrito: “Leonard Dobbin. Abogado”.
Hice entrar a Leonard. De niño habíamos sido compañeros y me alegré de verlo. Tenía aspecto de lo que era, un joven abogado.
-He estado en primera fila, Julius, y te he visto trabajar -dijo Leonard.
En el mundo teatral, una entrada como ésta es por lo general seguida por “has estado maravilloso” , o “me lo he pasado en grande”, o “tú y tus hermanos me habéis hecho reir de verdad”. Incluso si hubiese dicho “el espectáculo ha sido horrible y tú has estado fatal”, no me hubiese importado demasiado, pero se limitó a permanecer allí, mirándome con cierto aire de lástima. Yo estaba fatigado y me ahogaba de calor, como la mayoría de los actores cuando el telón cae por última vez, y su actitud me molestó. No pude resistir por más tiempo y le pregunté:
-Bueno, Leonard, ¿qué te ha parecido la revista?
Chascó varias veces la lengua y siguió mirándome. En realidad no me miraba a mí, sino que miraba a través de mí. Como seguía sin responder, no consideré que valiera la pena proseguir por aquel camino. Decidí probar otra vía de aproximación.
-Bueno, ¿cómo te trata el mundo? -pregunté.- ¿A qué te dedicas?
-¿No has leído mi tarjeta? Soy abogado -luego, enderezándose en toda su estatura añadió-: soy el socio más joven de una firma. gano cien doláres a la semana y se me ha insinuado que el año próximo ganaré ciento veinticinco.
En aquella época yo ganaba 2.000 dólares a la semana, pero no se lo dije. Estaba determinado a sacarle alguna opinión sobre la revista.
-Leonard -insistí-, ¿no te ha hecho reir el espectáculo?
Finalmente se decidió a hablar.
-En realidad, Julius, me he reído mucho. En conjunto es muy gracioso, pero eso no es lo importante.
Ligeramente enojado, respondí:
-¡Para mí si lo es! Así es como me gano la vida.
Hubiese podido añadir: “Y además, muy bien”, pero estaba demasiado bien educado.
-Julius -dijo gravemente-, voy a hablarte con franqueza. De niños fuimos amigos y siempre te he tenido en mucha estima. Ahora voy a decírtelo con toda sinceridad. Esta noche he estado observándote. Tienes treinta y cinco años y en el escenario no haces más que tonterías. Te había visto en las variedades cuando tenías veinte años y entonces no me importó demasiado. Pero cuando veo a un sujeto de tu edad saltando por encima de los muebles, bailando como un loco, y lanzando frases irrespetuosas a los artistas, me duele. Tienes un magnífico cerebro. ¿Por qué no te dedicas a algo útil? No eres demasiado viejo. Aún podrías convertirte en negociante, en médico o tal vez incluso en abogado. ¿No sería eso mucho mejor que ofrecer un espectáculo para que se rían miles de desconocidos?
-Leonard -le dije-, no tienes ni idea de lo que tus palabras han representado para mí. Tan pronto como termine la temporada voy a seguir tu consejo. Dejar el teatro y buscar un empleo. ¡Si pudiera ganar cien dólares a la semana me parecería magnífico!
-Bueno -hizo una pausa reflexiva- …ya comprenderás que no se puede pretender empezar ganando cien dólares. Eso es mucho dinero, Julius, pero creo que tienes talento y detesto ver como lo desperdicias de esta manera. Piensa en ello.
-Estoy muy contento de que hayas venido a verme -le dije-. Esta pequeña conversación que hemos sostenido me ha inspirado muchas cosas.
Luego nos estreechamos las manos y el muy imbécil se marchó.

Transcurrieron dos años antes de que volviéramos a vernos. Entonces actuábamos en El conflicto de los Marx. Ganaba 3000 a la semana y acabábamos de firmar un contrato con la Paramount para hacer cinco películas por un millón y medio de dólares. Con el contrato cinematográfico y el sueldo de El conflicto de los Marx ganaba cerca de los siete mil dólares semanales. El conflicto de los Marx era un éxito mayor que Los cuatro cocos. Las entradas eran más caras y las recaudaciones mayores. Hacia el cuarto mes de exhibición, nuestro amigo el señor Dobbin apareció. El portero volvió a entregsrme su tarjeta. Esta vez estaba impresa en oro.
Cuando entró en mi camerino, intercambiamos los saludos corrientes y yo me quedé sentado, esperando de nuevo unas cuantas observaciones halagadoras. Hubiese debido conocerlo mejor.
-Bueno, Leonard -empecé-, ¿qué te ha parecdo el espectáculo?
(Esta vez había decidido ir directamente al grano.)
Me miró apesumbrado.
-Julius, me has decepcionado. Cuando nos separamos hace dos años, me llevé la impresión de que ibas a seguir mi consejo y abandonar el tearo, pero esta noche he estado en primera fila, observándote, y sigues haciendo las mismas tonterías y ridiculeces que hacías antes.
-Bueno, pero, ¿no son divertidas? -pregunté-. ¿no has oído cómo el público aullaba de risa?
-Sí, desde luego -admitió-. E incluso en uno o dos momentos yo mismo me he reido. Pero ahora tienes treinta y siete años. ¿No te sientes violento, a tu edad, al actuar como si estuvieses loco y mostrarte en público de esta manera?
Empezaba a sonar como un disco rayado.
-Leonard -dije-, olvidémoslo. -Inicié su tema favorito-. ¿Qué tal te van las cosas, ahora?
-Tengo noticias para ti -contestó resplandeciente-. No he obtenido aquel aumento de veinticinco dólares que esperaba. En cambio, me han aumentado cincuenta dólares.Y no pasará mucho tiempo antes de que gane doscientos dólares a la semana. ¡Imagínate! A mi edad y ganar doscientos semanales.
Siendo un hombre considerado, no tuve corazón para mencionar los 6.000 dólares a la semana que ganaba yo. Permanecí sentado y le dejé explayarse. Excepto por unas cuantas frases todavía más ampulosas, me repitió el mismo sermón que dos años atrás.
Cuando por fin se le acabó la cuerda, le dije:
-Leonard, ¡me has convencido! Esta es mi despedida del teatro. Un sujeto que a tu edad puede ganar ciento cincuenta dólares semanales me hace comprender mi locura. Eres un ejemploresplandeciente de la joven América en pleno progreso, y El conflicto de los Marx será mi canto del cisne en el teatro.
No volvía  ver a Leonard durante diez años. Por entonces nuestras películas se proyectaban en todo el mundo, tenía dinero en tres bancos distintos y poseía un agrigo de vicuña y dos Cadillacs.
Era el Domingo de Pascua en la Quinta Avenida. Leonard Dobbin llevaba un sombrero flexible, un traje oscuro y ajustado y un bastón, e iba acompañado por una mujer de aspecto extremadamente deseado y por dos chavales con aire infeliz. Intercambiamos saludos. Luego, con su tacto acostumbrado, empezó de neuvo el sermón.
-Me has defraudado por completo, Julius. Me dijiste que ibas a abandonar la escena.
Sonreí cortésmente.
-Y así lo hice, Leonard. Ahora trabajo en las películas.
-Bueno -me contestó con un encogimiento de hombros-, supongo que toda tu vida serás un payaso. Es uan vergüenza. Hubieses podido ser un hombre respetable. Hubieras sido un magnífico abogado.
No valía la pena seguir hablando de ello, de modo que dije:
-¿Y cómo te va a ti, Leonard?
Su rostro se iluminó como si hubiera dado vuelta a un interruptor.
-Julius, no vas a creerlo, pero me han hecho socio principal de la firma. El año pasado, incluidas las comisiones, gané aproximadamente dieciocho mil dólares contantes y sonantes.
No quise estropearle su paseo pascual explicándole que, entre mi salario cinematográfico y mis ingresos teatrales, yo también ganab cerca de los 18.000,sólo que yo los ganaba cincuenta y dos veces al año. Me limité a despedirme de aquel pavo engreído, su vulgar familia y de sus consejos, y continúe paseando por la avenida.
Estoy seguro de que sigue convencido de que mi vida ha sido un completo fracaso y la suya, un gran éxito.

Groucho y yo | Groucho Marx

Porque, ¿quién no prefiere ser un indio a un importante abogado?

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