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Archive for 23 marzo 2010

Anonanimal

Y entonces vino la primavera.

Y tú y esta canción, con ella.

Anonanimal

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Era de ese tipo de personas que a todo el mundo le gustaría conocer. Era de esos tipos tan absolutamente inteligentes, que terminan olvidando lo que les rodea. O lo que es lo mismo: era una persona capaz de transcender de sí misma y de contemplar el mundo desde arriba, como si este mundo tan terrenal, tan humano, no fuese con él. Era tan inteligente que ni siquiera elevaba la voz cuando daba su opinión, no le gustaba destacar ni llamar la atención. Cuando se casó, la afortunada era de lo más corriente: con una licenciatura debajo del brazo que su trabajo le costó conseguir y una belleza para nada recalcable. Pero se enamoraron. Ella, porque parte de su amor estaba compuesto de una admiración nada insignificante por su marido; él porque veía en ella esa simplicidad del mundo que a veces, inevitablemente, necesitaba. Él, siempre absorto en sus pensamientos, perdía su cartera, al menos, una vez al mes. Por eso, cuando al entrar en casa decía “cariño, he perdido…”, ella ya sabía lo que se le venía encima: otra vez renovar las tarjetas de crédito, el carnet de identidad, el de conducir…Si por él fuera no llevaría nada nunca encima. Si lo hacía, era porque era imposible vivir de otro modo mucho más despreocupado. Aunque solo fuera por no ir indocumentado. Ella lo sabía, y al final se había acabado convirtiendo en una tradición que cada vez la encrispaba menos y le hacía reir más. Pero él no podía evitar dejar la cartera en cualquier lugar, ni siquiera recordaba dónde podría estar, pues de todos los sitios a los que había eso mañana, no le parecía que pudiese estar en ninguno.

Pero si algo relucía por encima de sus cualidades, era su humor. Humor inteligente. Ese del que muchas personas huyen porque se les escapa o porque no saben ver más allá. Un humor diferente al que los acompañantes estaban acostumbrados. Quizás era diferente porque, cuando alguien no cogía alguna de sus bromas, terminaba soltando algo todavía peor que el hecho de no haber cogido el chiste, y las risas se multiplicaban en ese preciso instante.

Porque sin duda, cuando mejor uno disfrutaba de su compañía, era durante las comidas o las cenas, en las que siempre tenía algún comentario que hacer. Además, siempre se habituaba a los comensales o acompañantes de ese momento. Si veía que su nivel de conversación no era alcanzado por los demás, reducía el nivel hasta que todos participaban. Pero no hay que confundir: no era un acto de soberbia o solidaridad para con los demás, simplemente era un acto reflejo. Pues si algo es destacable por muchos inteligentes, es que ni siquiera saben darse cuenta de que están por encima de la media. Simplemente, les da igual, no se preocupan. Mucho más llamativo es aquel que apenas sabe pero eleva la voz para conseguir la razón, que aquel que sabe tanto que ni siquiera necesita que nadie apruebe sus intervenciones.

Era de esas personas que cuando las conoces, no puedes evitar recordar o tener presente Porque además, y esto es lo más importante, era de esas personas, que sin querer, pueden mostrarte un verdadero manual para la vida en sus conversaciones.

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Dicen que cuando Dios cierra una puerta, abre una ventana. Pero en este caso es diferente: me va cerrando puertas y abriendo ventanas sucesivamente, sin prisa pero sin pausa… Hasta que termine por dejar abiertas las puertas y me deje por fin en paz con este maldito asunto, o hasta que termine por dejarme bien cerradas las ventanas.

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Pensamos que nada era real,
todo era intenso,
que el mundo no giraría más,
que era nuestro.

Y si quiero saber que no es verdad
Ya no puedo saber si tú no estás.
Y si quiero saber que estás aquí,
ya no puedo…

El embargo de neuronas menguantes | Lori Meyers

Ayer me di cuenta de una cosa, que si bien ya había tenido presente, no me había asaltado con tanta intesidad como ayer. Ayer supe, no por ciencia infusa, sino porque se trata solamente de un hecho objetivo, por todo el mundo comprobable, que voy a perderte. Poco importa ya si aún queda solución, si este vestido puede ser remendado, o si por el contrario, como yo creo que sucederá, se quedará solamente para limpiar las ventanas de una casa semi en ruinas. Una casa que cuando la construimos no contábamos con que se vendría abajo, una casa sólida, consistente, pero que al tiempo nos demostró que hay ciertas…digamos circunstancias naturales, que semejante casa no puede soportar. Y como no podría ser de otra manera se derrumbará. Sin contemplaciones, sin posibilidad de volver a cimentar donde ni siquiera se si queremos que haya cemento. Se vendrá abajo. Ayer me di cuenta. Lo sabía pero ayer lo noté, se respiraba en el ambiente. No es momento aún de despedidas, sólo es un aviso, una advertencia, un “warning” sobre la puerta de nuestra casa. Esto, irremediablemente se vendrá abajo. ¿Queremos que no se derrumbe? Creo que ni siquiera lo sabemos. De todos modos, lo peor no es eso. Lo peor es que queramos o no, la casa desaparecerá entre las cenizas. Porque por mucho que el tiempo cure las heridas, no hemos dejado siquiera que cicatricen y el tiempo no puede cargar con una responsabilidad que solo nos concierne a las partes implicadas. Y porque 365 días son muchos días para volver a donde empezamos.No estoy diciendo adiós, pero tampoco es un “hasta luego”, ni “hasta pronto si nos vemos”. Llámalo si quieres despedida anticipada, llámalo como quieras, porque en el fondo esa no es la cuestión, el nombre que le des es lo de menos. Lo importante es que ayer me di cuenta de que voy a perderte, de que vamos a perdernos. Y éste es un hecho objetivo, por todo el mundo comprobable.

Por eso, me despido anticipadamente, para que este final no me pille por sorpresa. Ni a ti tampoco. Aunque no lo hará, ¿verdad?

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Porque sirve para recordarme que la mayoría de las veces las cosas no son más de lo que parecen, que los gatos sólo tienen cuatro patas, y que por lo general, no hay conspiraciones sobre mí. Porque no me imagino la cantidad de gente a la que no importo en absoluto. Y porque, como no podría ser de otra manera, esa sensación me tranquiliza.

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-Es curioso como cuando entramos en el ascensor siempre miramos al suelo. Yo creo que si entro en el ascensor y miro a una persona a los ojos, se acojona.
-Hazlo un día que yo esté delante, a ver que pasa.
-Es que contigo no me funciona.
-¿Por qué no?
-Porque tú me sonríes. Te encanta que invada tu espacio vital.
-Y a ti te encanta invadirlo.

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En momentos de demasiada inseguridad, ya no quieres un cambio tan radical. Solamente buscar sentirte bien, encontrarte cómoda. O peor: en momentos como estos una ya ni siquiera sabe lo que quiere. Solamente un objetivo: salir de esta incertidumbre cuanto antes.

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