Dicen que la música amansa a las fieras pero esa era la fiera más furiosa que jamás se vio.
No había música que la calmase ni sonido que la hiciese descansar.
Permanentemente en estado de ansiedad luchando contra la tranquilidad de todo lo que le rodeaba.
A la calma contestaba con tempestad, a los susurros con vozarrones que se oían hasta en el más allá.
Decía nunca descansar, siempre en estado de alerta.
Como si le fueran a fallar o como si lo hubieran hecho ya.
Dicen que la música amansa a las fieras pero con ella, la música nunca lo consiguió.
Es más: ni siquiera lo intentó. ¿Para qué? Se preguntaba. Ni que yo tuviera la solución.
La canción más bella del mundo ni siquiera le provocó ninguna reacción.
Se quedo callada, en silencio, pero después gritó.
Nadie jamás pudo apagar ese dolor. Nunca jamás descansó.
Y es que el dolor que sentía esa bestia nunca tuvo comparación,
luchó por liberarse de esos fantasmas, luchó contra sí misma y perdió.
Intentó luchar contra todo, pero pobre fiera,
jamás lo consiguió.
Junto a lo salvaje advierte
lo cerca que ando de entrar
en un mundo descomunal
siento mi fragilidad.
Vaya pesadilla,
corriendo con una bestia detrás,
dime que es mentira todo,
un sueño tonto y no más.
Me da miedo la enormidad
donde nadie oye mi voz.
Deja de engañar, no quieras ocultar,
que has pasado sin tropezar.
Monstruo de papel, no se contra quien voy
¿o es que acaso hay alguien más aquí?