Dos motivos me hacen escribir esto. El primero de ellos fue una conversación con una amiga al borde de una piscina en algún lugar de Andalucía.
El segundo de ellos, el post de un amigo que acabo de leer y que me ha hecho recordar aquella conversación y ciertos pensamientos que vienen viajando de vez en cuando por mi cabeza.
No sé a cuento de qué, pero le decía a mi amiga: “No quiero saber nada del próximo chico que conozca. Nada. No quiero saber como se llama, donde vive, a que se dedica, etc.“. Y ella riendo decía: “Bueno, el nombre tendrás que preguntarlo, ¿no?“. Y yo le decía que sí, que eso quizás, que qué remedio.
Creo que no llegué a darle una explicación sólida del porqué de mi empeño. Lo resolví con un simple “no quiero recordar” y allí se quedó la conversación porque se acercaron otras chicas.
Esa conversación no era un pensamiento que estaba en mi cabeza en el momento de la conversación. Me explico: no era un pensamiento de los que tengo y de vez en cuando los suelto, cuando la conversación da pie, y que ya están fabricados en mi cabeza. Era un pensamiento que surgió en ese momento y que me hizo reflexionar en un momento posterior.
No se tiene que olvidar si no hay nada que recordar. Y la mejor forma de recordar es no vivir. Y damos por hecho, que en principio, es imposible no tener recuerdos porque es imposible no vivir.
Pensaba hablar mucho más de los recuerdos, pero creo que lo dejo para otro momento.
Sólo quiero decir que yo odio recordar. Empiezo a odiar el sentimiento que surge después de evocar momentos pasados (¿cualquier tiempo pasado fue mejor?).
Cuando se tienen muchas relaciones (hablo de esto aunque se recuerdan muchas cosas de nuestra vida) siempre se queda algo de cada una de ellas. Y ya dejo de generalizar porque es peligroso.
Yo recuerdo muchas cosas de cada relación que he tenido. En vez de dar el motivo de porqué recuerdo tantas cosas, no podría explicarlo mejor la película “Antes del amanecer”, en la que Céline, hablando, le explica a Jesse:
“…Yo suelo sentirme como un bicho raro, no soy capaz de pasar de una cosa a otra así, sin más. La mayoría de personas, cuando tienen una aventura o una relación larga y rompen, la olvidan. Pasan a otra cosa y olvidan como si nada hubiera pasado. Yo jamás he olvidado a alguien con quien he compartido algo, porque cada persona tiene sus cualidades propias. No se puede reemplazar a nadie, lo que se pierde se pierde. Cada vez que he acabado una relación me afecta muchísimo, jamás me recupero del todo. Por eso pongo mucho cuidado en las relaciones, porque me duelen demasiado. ¡Aunque sea un rollo de una noche! No suelo tenerlos porque echaría de menos las cualidades propias de esa persona…”
Cuando le decía eso a mi amiga, quería decir que no quiero tener que volver a recordar a alguien. No quiero volver a guardar a alguien en alguna parte de mi alma. No quiero volver a recordarle en canciones, en calles, en ciudades, momentos… Quiero sentirme libre. No quiero atarme al pasado, porque nunca vuelve.
Es verdad que de las relaciones de las que más años hace que pasaron, quedan recuerdos pero que no duelen. Esas relaciones no están asociadas a nombres que al oir me estremezcan.
Sólo con mi última relación me sigue pasando eso. Yo ya no estoy enamorada y aún así, cuando oigo ciertas palabras me estremezco porque me evocan al pasado. Y me duele. Me duele mucho.
Ayer mismo estuve con alguien que me recuerda mi última relación y me hizo recordar que la herida todavía sigue abierta.
Me duele recordar a alguien por el que ya no siento absolutamente nada, porque ese recuerdo me duele.
Por eso, si conozco a alguien que me llene por dentro, no quiero saber su nombre, de dónde es, si estudia, trabaja o vive del cuento, quién fue la última persona por la que sintió algo, cómo son sus padres, cuántos hermanos o hermanas tiene, que aficiones tiene, donde se compra la ropa, que museos ha visitado, cuantas veces se ha bañado en el mar, cuantas veces ha cogido un avión o un barco, si tiene animales, si los odia, que planes tiene de futuro y el resto de cosas que poblan la vida de cada uno.
No quiero saber nada de eso porque no quiero recordar nombres de personas, nombres de países, no quiero recordar profesiones, no quiero sentir celos, no quiero recordar caras, no quiero oir aficiones y recordarle, no quiero saber nombres de tiendas, ni de museos, ni mares, no quiero recordar vuelos o navegaciones, no quiero recordar animales y no quiero pensar en el futuro.
No quiero recordar nada. Quiero vivir y ya está. No quiero atarme al pasado, que es lo que más me duele.
Quiero estar tranquila. Quiero disfrutar de las cosas que hago y quiero estar sola.
Por eso, de la próxima persona que conozca, trataré de saber lo mínimo. Para que cuando se acabe (que es lo más normal) esté preparada.
“Amar es sufrir. No amar es sufrir. Sufrir es sufrir.” (Woody Allen)
pobechita, la forma correcta te terminar una relación bien, es perdonando a la otra persona. Porque siempre vas a quedar amarrada a algun recuerdo aunque no quieras.
No comparto tu punto de vista.
La vida es una sonrisa y un golpe. Es el momento bueno seguido del malo (pero afortunadamente, vendrá el bueno otra vez). Nuestros recuerdos son parte de lo que somos, lo que representamos, de nuestro papel en la vida. Y lo mismo te duele el retazo de un amigo que ya no está como el de un amor pasado.
Creo firmemente que vetar los recuerdos es frenar las ganas de vivir. Es inevitable, tu cerebro acumula pensamientos, frases, palabras… el ser humano es el único que le da importancia a la vida pasada si te das cuenta.
La cuestión no es que la tengas o no. Más bien es… como vives los recuerdos.
Vale. Supongo que yo los recuerdos…los vivo mal.